Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los quehaceres de cada cual se van desenrollando con el ritmo que el tiempo designa. También con las posibilidades y opciones que merecen aprecio o rechazo.
Mezcla de libre albedrío y efectos después de las causas, las experiencias vividas no son ni el azar ni el logro individual. Millones de células, emociones, pensamientos, palabras, actos y decisiones, tanto propias como ajenas, confabulan en el presente para que la vida se evidencie con magnificencia y terror. Millones de posibilidades al alcance de un respiro. Lo bueno y lo malo.
Y lo cierto es que la vida se vive a ella misma con nosotros en medio. Le gusta ser. Y no es para ser ni mejor ni peor, ni buena ni mala. Sólo se basta a sí misma. Pero una cosa es la pompa de la vida y otra muy distinta la inmediatez del cómo reaccionamos ante lo que nos ofrece. Desde la orilla del juicio y de lo anhelado, cada quien pinta con matices. A la vida la vestimos de buena si llega la lotería o de mala si ronda la exclusión; de buena si hay reconocimiento o de mala si hay soledad; de buena si hay salud o de mala si hay dificultad. Son buenos los tiempos cuando hay mucho y malo cuando hay poco; es bueno si aprendemos y malo si repetimos. Calificamos, argumentamos, anulamos, opinamos y enjuiciamos. Todo con el mismo parámetro de siempre.
La dualidad nos envuelve y nos mangonea. Dualidad que por obligada define la paz, la rabia, el sufrimiento y la compasión. No somos más que la dualidad del día y de la noche, de lo femenino y lo masculino, de lo pacífico y lo violento. La vida es compasión encapsulada en el dogma y es compasión vivaz en la empatía. La vida es esperanza inútil e irreal y esperanza sagrada por lo radiante. En la dualidad se da y se quita; se recibe y se rechaza; se juzga con ímpetu o se acepta con cariño. La vida es dualidad, ir y venir, callar y hablar, odiar y amar. La vida es siempre y nunca, el cerca y el lejos, las dichas y las desdichas. Es tan la vida que también es la muerte.
La dualidad de la vida aumenta la vivencia del sufrimiento, del dolor profundo, de lo abyecto, del pavor y de la mezquindad. Pero es en la dualidad de la vida donde también podemos conocer la alegría y la placidez. La belleza de estar vivos sin más explicaciones que la vivencia pura y suelta de la respiración y de la atención consciente. Es en la dualidad donde existen el movimiento y la quietud, donde se comprenden el amor y la ausencia. Tan santa como pagana porque solamente con ella y en su comprensión reside la dicha de celebrar que se vive porque se respira. Dicha vital, dicha dual, dicha de todo, dicha de vida, dicha que no se explica y no se justifica, dicha que sólo respira como haciéndole muecas al más allá.