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Pasaron de moda los buzones de correo y sus cartas.
Desapareció el encanto de escribir postales o párrafos sobre geopolítica en papel fino porque a los destinatarios ahora los define la impaciencia. Así, una casilla postal es sólo el símbolo de otro ritmo, de otra época, como si hoy las cartas se negaran a hablar de la nostalgia y el desamor o ya no quisieran narrar más las exóticas aventuras de los viajeros. Hoy, ni los buzones ni las cartas ni la espera tienen sentido, y si estamos de suerte, debajo de la puerta encontramos los impuestos y lo inútil. En el correo ya no se pavonea la pasión.
Por la inmediatez, perdimos el gozo de narrarle a quien anda lejos. Nos arrebataron el romance de la distancia y la inquietud de la expectativa, pero también las ilusiones de los amores ilógicos e imaginados o los rumores de extrañas costumbres que sucedían en otras latitudes. Desaparecieron los tiempos de lo lejano, de los baúles y de los barcos. Se fueron los buzones y con ellos los enigmas de lo nunca dicho. El correo quedó hecho spam, pervertido, violado donde el buzón es sólo una clave de acceso y el oficio de cartero, toda una destreza muerta por su inutilidad. Ya nadie tiene quien le escriba.
Más solitarios que nunca, nos rodean las comunicaciones de producto y los reclamos de respuesta torpe y ruda. Comunicaciones sin éxtasis que invocan los errores y la variada sordera de los encuentros, plataformas de mentiras en las que el secreto, tanto el propio como el nuestro, es locura.
Pero en estos nuevos y veloces buzones actuales, hay correos que sobreviven como joyas y que honran el alma humana o manifiestan la belleza; hay correos que se hacen poesía porque aprecian lo que el otro ofrece y porque imploran la humildad, la quietud y los ríos; hay correos que son las biografías de los que se aman sin haberse visto nunca o son el símbolo secreto de la reflexión interior. Como una especie en extinción, existen aún esos correos que llegan en el momento preciso para que el cielo sea ensoñación y cualquier amor inevitable ya que, como diría G.K. Chesterton, poner una carta en el buzón es “de las pocas cosas que quedan que son totalmente románticas; porque para ser totalmente romántica una cosa debe ser irrevocable”.