Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Usar tacones obliga a caminar más despacio, así como enrollar la lengua permite que las palabras se atasquen en el momento más oportuno.
En el yoga, yama es entendido como autocontrol y comprende el conjunto de actitudes que pueden ser adoptados para cambiarle el ritmo, darle un tono más alegre o un sentido más amplio a nuestra vida cotidiana. Nadie está obligado a adoptar un principio que no encuentra sensato y cada cual puede —si quiere— animarse a correr unos cuantos kilómetros con tacones seis y medio.
Entre sentido común y principios éticos, el conjunto de los yama está lejos de parecerse a una lista de reglas obligadas. Los yama son un no sugerido y un sí adoptado por convicción porque es como si algo en el interior de uno mismo dijera que, sin ése principio, la vida en comunidad puede verse afectada, vale poco o no tiene sentido. La no violencia es un yama, por ejemplo.
Para Patanjali, en los alrededores del siglo II a.C., yama es un puente entre nosotros y los otros. Es la posibilidad de dar respuesta más que una reacción. Yama es el camino que se tiende hacia la sociedad; es un lazo que se construye no en las alturas de las ideas sino en la inmediatez de las acciones diarias. La no violencia es el acto diario de saber que podemos desistir de reacciones inconscientes y optar por actitudes que construyan y propicien respuestas contundentes y bien anidadas en la defensa de derechos y la expresión de los deberes.
Un itinerario hacia el otro es la posibilidad de crear en los instantes con la responsabilidad de los pasos dados, con la palabra de ahora y la sonrisa del amanecer e, incluso, con los silencios entre pensamiento y pensamiento. Es la necesidad de usar ropa ligera cuando nos sentimos pesados, de no darles espacio a los actos automáticos y de propiciar círculos virtuosos de relación. El ir hacia el otro no puede ser el producto de un descuido ni de una reacción. Por el contrario, puede, y debe, ser la reverencia diaria a la celebración de una existencia compartida. El encuentro con el otro debe ser aquella inclinación que nunca celebre los aspavientos de los bravucones sino que, por el contrario, invoque los deliciosos ires y venires del bambú y de los besos.