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El vuelo del águila

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No tiene nada de esotérico que cualquier mañana se estiren los brazos y suceda que el corazón se agite.

Tampoco hay que pertenecer a una religión de carismas para saber que, en algunos casos, tocar el suelo sin doblar las rodillas puede ser deporte de alto riesgo. Así, volver la atención al cuerpo no es sólo darse cuenta de que estamos como estamos sino que es posible sintonizarse con el domicilio de células y sentidos que heredamos, toda una mansión en la que cuando aparecen los desafines, los augurios salen corriendo. Sobre todo los buenos.

Como receptor y amplificador de vibraciones, el cuerpo está como rodeado de hilos finísimos donde ancla lo que acontece. Hacerle ajustes para que vibre en notas de amor extasiado o beso pasajero requiere algo más que los estiramientos rutinarios de cadera. Miedos, culpas, dolores, ansiedades y duelos se asilan todas en algún lugar entre cóccix, cuello y coronilla. También lo hacen espejismos y futuros imaginados que crecen o se achican en los tobillos o pantorrillas para que cada deseo pueda salir tras el primer guiño de esquina.

Es por esto que en asuntos de calibración sirve un movimiento que empieza con el estar de cara al sol, pies firmes sobre la tierra y el cuerpo estirado sin tensión. Con una larga y lenta inhalación se levantan los brazos por encima de la cabeza arqueando un poco la espalda hasta que la cabeza quede inclinada hacia atrás como colgando suavemente. Ahí, se hace una pausa y se retiene el aire abriendo bien el tórax y expandiendo el área del corazón hasta no poder más. En el lento retorno, se exhala y se llevan los brazos estirados hasta tocar el suelo con las manos, donde se contrae el abdomen botando todo el aire posible. Se inhala para recuperar la postura inicial. La espalda queda extendida. Al final, en estado de máxima quietud, no está de más imaginar un águila y el dorado de un sol brillante en el horizonte.

No es un ejercicio. No es un estiramiento. Es una alineación de la espalda segundo a segundo. Y abrir los brazos para expandir el corazón es ante todo un ritual de acción de gracias y un sobrevuelo a los amores que hemos alojado. Es la danza de toda sensualidad que se eleva como serpiente entre vértebra y vértebra. Es un saludo a la vitalidad donde no hay afecto amarrado a las sábanas, donde somos el único sonido que podemos ser y donde ni el azar se queda sin su destino. Es un acto de poder donde desaparece el tiempo y un encantamiento cotidiano para que, en una respiración, el norte y el sur, el este y el oeste, el cielo y la tierra, sean una sola dirección hacia la unión con la infinitud. Es el vuelo del águila, tal y como lo han venido soñando los mayas.

otro.itinerario@gmail.com

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