Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La vida no es suma de pormenores pero como dice el refrán, al diablo le encantan los detalles. Un diablo que de malvado tiene poco y de gracioso mucho porque, gozoso y juguetón, no permite el descanso cuando de imperfecciones se trata.
Y aunque muchos intuyan que los detalles son el infierno, nada más lejano de la realidad porque pueden ser el atisbo de la perfección y el camino del destino. Desde lo ínfimo, las maravillas están hechas a mano con delicadeza y paciencia. Por eso, más allá de la magnificencia, la apreciación de lo mínimo es la compuerta hacia el don de la simpleza.
Y es que los detalles pueden ser cualquier cosa: una palabra dicha a tiempo, una mirada cruzada sin expectativas, una bandeja adornada con flores y jamaicas, un botón en el lugar que corresponde y hasta un aroma conocido. Un detalle es la delicia de perderse y soltar lo que preocupa; un detalle es el arraigo a un presente que abre los futuros pero que se cuece con memorias. Cada pequeñez tiene su itinerario en los sentidos y en el cuerpo como un color en su lugar y un sonido en su momento. Un detalle no camina solo ni se deja atrapar, es el sí de la belleza por su existencia y no por su estética. Como fractales de una infinitud, cada detalle es el punto final y completo a la hora de un sentido personal de vitalidad.
Por eso, los paradigmas de grandeza, de logros categóricos, de monumentos y expansiones, pueden ser la arquitectura de un mundo de esplendores y la exaltación de historias colectivas y haceres individuales. Pero es en los detalles donde se encuentra la locura que desajusta todo el escenario. Es en la pequeñísima plataforma de una sonrisa o en la plenitud de un instante en la tarde de la plaza donde la añoranza por un viejo amor pierde sentido; es el ingrediente de siempre en la complejidad del día porque es en ese detalle inocuo donde se abre el acceso a lo maravilloso. Sin melancolías por lo magnífico, lo común es vivificante y tan exótico como cualquier país lejano o poema aún no dedicado.
Los detalles enloquecen pero lo hacen por su belleza y porque nos reflejan. Son los tamices de una visión donde lo que cuenta es lo mínimo, lo insuficiente, lo escaso. Son la pequeñez y el condimento de hermosura para los encuentros de vida. Entre los sueños y las recetas, son los detalles los que se agitan para susurrar los deseos y los placeres.