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La espiritualidad suele vestirse de pureza y creyéndose aséptica le huye al caos de los mundos. Prefiere mantenerse en el cerco del decoro y, queriéndolo o no, acaba llena de moralidad para sobrevivir a los tiempos.
Ser espiritual puede ser, o no, la contorsión más exótica; puede ser, y no, el regalar el coche más lujoso o recitar poemas en lenguas incomprensibles. La espiritualidad puede dormir en cama de púas y diluirse tras un púlpito suntuoso. Ser espiritual puede ser el abdicar a los suyos o aferrarse al trono de un poder caduco. La espiritualidad puede llegar a la puerta con un credo que obligue a purgar todo el rock and roll y puede no ser el desayuno sin gluten y el salir empeloto en la luna llena porque han aterrizado los seres celestiales en una festividad imaginada. La espiritualidad puede ser una sensación de silencio y el encuentro con el rojo de la furia. Hay quienes creen que ser espiritual es publicar sus reencarnaciones de gloriosos desempeños o adherir sin pensar a las tradiciones que flagelan cuerpos y a las que rechazan todas las demás tradiciones.
La definición de espiritualidad, como es obvio, refiere al espíritu y lo que ha sido común es cerrarle de un portazo su parentesco cercano con el cuerpo. Pero resulta que, al estar encarnados, ser espiritual es como una redundancia. Definición tautológica, o casi, de lo que somos. Y es que ser, ser así, ser así no más como somos, tiene más de espiritual que de pagano y de completo que de incompleto. Existir es, en sí, la absoluta reverencia a la maestría de lo santo, de lo perfecto, de lo puro, de lo bienaventurado, de lo beatífico, de lo magno. Es el solo hecho de estar vivos, en carne propia, lo que es la celebración mayor. Es la conexión total con la flor, el mar, lo doloroso, la alegría, un más allá inventado, con mi credo, con mi idea, con mi fanatismo, con mi perversión, con mi otro. Es la inmersión completa en el intentar comprender lo incomprensible, lo incognoscible desde lo conocido, la totalidad desde la dualidad, porque sólo podemos ser siendo las categorías, los rechazos, las fronteras, los límites, el bien y el mal, lo mejor y lo peor, lo errado y lo correcto, el abandono y la pertenencia, los suspiros y los desesperos. Somos el mundo. Y lo otro.
Por eso, más que la renuncia, el rechazo y la condena a este mundo infecto y glorioso, lo que nos hace espirituales es su aceptación, gozo y total entrega al juego que nos ofrece. Ser espiritual hoy, tal vez, dejó de ser ya una virtud celeste para ser lo que podamos construir con lo que nos habita. Espiritualidad es esto y todo eso que nos invita a ser al estar juntos para estar mejor.