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Somos hijos del garrote, las flechas, las trampas y las cavernas sin fuego llenas de alimañas devoradoras.
Somos hijos de las hambrunas, los jabalíes asados y las semillas que nunca germinaron. Somos hijos de las guerras hechas carne, manos, ojos e hígado; de las guerras que infiltran caballos como en Troya o guerras que convierten a la gente en fantasmas como en Nigeria o Bojayá. Vencen fuertes, los salvajes o los justos y los avispados. Los que pierden desaparecerán o serán la sumisión y la exclusión. La guerra es reina en justificaciones, razones y obviedades: el excedente, la escasez, la afrenta, el insulto, la ambición, la diferencia, la expansión, la defensa, la contradicción. Ellos sufren, ellas también.
Somos expertos en guerras y sus fechas, en los detonantes y sus armamentos. Repetimos las historias de quienes perdieron ojos, amores, hijos, sobrinos, padres. Guerras de piratas y de doncellas, de buenos y de perversos. Cuentos infantiles y guerras que honran héroes, matones o locos. Contamos los mil días de la guerra y el día de la destrucción: Auschwitz, Hiroshima y el Día D. Odio, desazón, hambre, opresión. Guerras por justicia, para renovar el espíritu, defender los mares o por el capricho de la vainilla y el curry. Guerra es guerra, sea desde la verdad, la justicia o la libertad.
Y están esas otras guerras que llevamos a cuestas y bien adentro. Guerras de insignificancias al desayuno o del “te lo dije” tan familiar. Guerras que empiezan con el pie izquierdo y de reojo. Guerras porque el otro tiene éxito, aquella es más bella o aquél tiene el poder insignificante. Guerras de estrechas mentes y espíritus encogidos que, por miedo y como zombis, deshacen los acuerdos y se traicionan. Y es que son éstas las que más duelen, estas otras guerras que habitan en las pieles; estas otras guerras que son el grito de un amor robado, una soledad imprevista, una muerte inútil. Esas otras guerras son éstas que no narramos, éstas que nos quitan el sueño, éstas que olvidan la plenitud y con las que vivimos sin darnos cuenta por creerlas inocuas, inocentes o silenciosas. Desterrar la guerra, es decir, el miedo, desde adentro llevará siglos de heridas y, mientras tanto, viviremos a la sombra de las batallas inventadas. La paz, dulce y cierta de todo ser, espera su instante de fama en la historia de la humanidad. Vivamos para ver.
otro.itinerario@gmail.com