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Somos vampiros presos del terror por la luz. Como dormidos, de día caminamos con el miedo y los juicios más que las virtudes y la gratitud. Somos vampiros cuando exprimimos al otro y lo saludamos con rencor o resentimiento.
Somos vampiros cuando exigimos desde los caprichos como si los demás nos debieran esta vida y la otra. Somos vampiros codiciosos que abusamos en la más pequeña ventana de oportunidad ondeando una ganancia. Somos vampiros vespertinos defendiendo la verdad verdadera, la falsa modestia y el orgullo. Vampiros somos todos cuando instalamos el tomar sin devolver nada a cambio y no podemos alegrarnos por el bien ajeno.
Vampiros también son los otros. De largos colmillos que se van enterrando en el cuello y que, con parsimonia, despiertan emociones lánguidas y anémicas que sofocan, chupan la sangre y destruyen la médula. No descansan. Acorralan. Sellan las salidas. Vampiros y vampiritos que succionan vidas criticando, negando, insultando, agrediendo. Vampiro es todo aquél que invalida, impone y obliga.
Iniciado como vampiro por otro vampiro, esta sabandija se reproduce de eternidad en eternidad huyendo de la luz. Toman lo que no les corresponde y obedecen sólo a su narcisismo. Abusos y más abusos son los negocios de los vampiros. Monstruos hambrientos de vitalidad, de cuerpos y de espíritus. Su víctima es irresistiblemente ilusa, débil, flacuchenta y casi inocente; está cautiva de su propio espejismo de amor, de una que otra ambición o de un inaudito deseo de juventud eterna. Con o sin pecados a cuestas, va siendo cómplice y mártir de un sistema de silencios y acuerdos mentirosos.
El vampiro no es un viejo mito feudal; está vivo en ésta sociedad fronteriza de luces y oscuridades donde la apatía aniquila. Asesinos, ladrones, corruptos, son todos nuestros engendros nacidos en el vampirismo moderno que, como buitres para sus cercanos, van eliminando y destruyendo hasta dejar escombros y nada más que escombros. Tal vez el colorido neón de las noches los ahuyente pero, hoy, la única estaca posible es la firmeza individual y colectiva, de no jugar el estúpido juego al que nos convoca todo ego insaciable, perverso y envidioso.