Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Tantra en una de sus acepciones significa «extender el conocimiento», detallito que por siglos no le ha resultado fácil a nadie.
Sus técnicas han sido y siguen siendo variadas; su lenguaje lleva acertijos y sentidos incomprensibles y cada imagen conjuga los contrarios. Momento de comunión cósmica, de unión con el otro y de comprensión de uno mismo, la práctica del tantra requiere de locura por la libertad y un poquitín de mística erótica. Volver al tantra es volver a uno mismo. Es yoga.
Y lo que tanto le gusta a occidente del tantra viene siendo su capacidad de asociar los momentos de búsqueda interior con uno que otro arcaico ritual que apunta al encuentro con el orgasmo. Hallazgo que resulta inútil si este instante de placer se considera una carrera atlética o el control oficial de una perfidia cultural. Pero más allá de las inexactitudes propias de los trasteos culturales y milenarios, el tantra busca la expansión del conocimiento del sujeto, de su sentido vital y de su nexo con la idea de realidad. Es la libertad anhelada reconociendo que estar encarnado tiene su truco.
Y como hay pulsiones contrarias y el sufrimiento no deja de instalarse y el dolor hacer de las suyas, andamos entre las brechas de una dupla como si el placer fuera pecado o el sufrimiento santidad. Ni se hable de lo carnal. El tantra, comprendido como ese unirse con el infinito en una inhalación, visto como ese percibirse a sí mismo como parte del otro, indicado como esa técnica que expande los afectos, resuelve esquizofrenias y le hace un download a la libertad personal, al desapego de lo inútil y de lo fugaz, a la compasión plena y a la cadencia de una sensualidad mística que pasa por el cuerpo para trascenderlo.
Del tantra se extraen técnicas como cerrar los ojos, retener por segundos la respiración, estirar la espalda, obviedades todas de un caminar ligero. Pero también es beber el néctar dorado, retener los picos, unir la tierra con el cielo, juntar lo femenino y lo masculino, comprender lo efímero y lo permanente. Es movimiento consciente y escuchar con atención. Es la presencia ahora.
El sentido del éxtasis puede verse como un elogio fundamental del existir. Una celebración que no niega los tormentos pero sí reafirma la utopía del regocijo. Podemos quedarnos en el placer pero los más arriesgados que hacen de cada inhalación su dogma, pueden llegar al éxtasis y la libertad. Esas pequeñas y merecidas transgresiones.