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Recorrer cualquier día la propia habitación como si llegáramos por primera vez a casa, es un ejercicio no sólo de atención sino de profunda poesía mañanera. Uno de esos placeres que incitan a rescatar a qué huelen las bufandas propias y ajenas, y a escuchar qué sonidos vuelven a nacer con las fotografías de otros rincones del mundillo propio. Lejos del desapego de los cuartos prestados, no hay mejor colchoneta que la nuestra ni mayor certeza que cada una de sus rutas de recuerdos, tristezas, encantos y futuros. Como si fuera un pequeño altar, el sitio donde se habita debería ser motivo de deleite y debería ser un terruño, tan inmenso como mínimo, que tenga el poder de recibirnos y acoger lo que somos sin tapujos. Nuestro lugar es el escondite perfecto cuando aparece la zozobra, cuando surgen las pasiones o cuando ni nosotros mismos podemos ya aguantarnos.
Desde la conciencia de los rituales milenarios, la habitación propia es el símbolo de la cueva que nos protege de todo mal y que nos reúne con nuestro pedacito de tierra. Muchos, incluso que andan por calles y suburbios, hacen suyas las indiferencias y abusos de los otros para construir, debajo de los cartones, sus propias guaridas y cambuches Porque, sin importar condiciones, es en este pequeño espacio individual, majestuoso y humilde, en el que vamos siendo sin barreras ni contenciones y donde los sueños, los dolores y las carencias pueden cruzarse para persistir.
No hay nada como estar en casa, pero nada mejor aún que respetar, sin condiciones ni excusas, un cuerpo que es el hogar único de los éxodos. Pocos actos de agradecimiento al cuerpo propio son más eficientes que la diaria respiración consciente como, por ejemplo, una inhalación suave que ascienda por la espalda desde la base de la columna hasta la coronilla y una exhalación lenta que camine por cada vértebra, tan despacio como cuando se teje con hilos de oro. Pocos actos de verdadera magia son tan efectivos como anclar los pensamientos más positivos a la mesita de noche para no olvidarse que el milagro del día siguiente comienza con los últimos segundos antes de cerrar los ojos cada noche.
El cuerpo, como nuestra concha, es la habitación en la que somos; es el espacio que nos permite establecer las fronteras para los pensamientos de los otros; es el mundo propio por cercano y ajeno por desconocido. Por esto, bien vale la pena estirarnos al amanecer y consentirnos en las noches, pero también vale la pena desalojar desprecios y guerras de esta morada propia que es la calle, el barrio, la ciudad y la tierra que nos acogen para ser de todos y de cada cual.