Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los dragones son esos animales alados y de colas largas que se asoman desde las rendijas de la tierra.
Anuncian los movimientos telúricos y sólo existen en los sueños colectivos que pueden imaginar su relación con la naturaleza como un orden sagrado. Y en pleno 2012, no pueden entenderse los bullicios de un año dragón sin indagar para dónde sopla el viento. Acto de magia inútil y poético que recupera la sencillez del mundo fabuloso y ancla los deseos en el tiempo actual.
Por eso, pararse en la mitad de cualquier esquina y regalarse el momento para sentir la dirección del viento no es un acto de infantilismo inútil sino la clara sensación de pertenencia al infinito, sagrado si se quiere o místico si se le permite. Vientos Oeste, Norte, Este y Sur, son las guías para el recuerdo de la relación entre elemento, naturaleza, mente y cuerpo. Viento que por sagrado se venera; viento que por necesario se respira; viento que por invisible se defiende.
Pero, hoy, su olvido es la polución del aire que respiramos y la negligencia abierta de su existencia. Abandonos impuestos por una cultura de rapidez tecnológica donde no cabe el espíritu ni la rueda de los cuatro vientos. Cuatro espacios y cuatro tiempos, cuatro direcciones con cuatro vientos que abren puertas o que cierran ciclos y ventanas de existencia. Vivir con la fuerza del Viento del Norte y desaparecer con el Viento del Sur, no son seres de fantasía sino el clamor de una tierra que puja por estar presente en el instante. Una tierra que nos convoca a transformar el dolor de las masacres o la injusticia de las desapariciones y que clama una política que no se olvide de la amplitud o una sociedad que conozca su alma. La tierra anhela un norte mayor, un sistema, casi un proyecto ético donde comprendamos por fin que somos parte de esto y de los otros, que somos responsables de respirar y de compartir, que somos también los cuatro vientos.
Más allá de la magia de fuegos, el aire fue padre de la palabra y el viento su encarnación. Hoy ni lo uno ni lo otro son posibilidad en el mundo cotidiano. Nos quedamos sin un relato real de un ideal digno de convivencia. Ya no nos hablan los espíritus, los ríos o los bosques. Hoy se escuchan otras voces que no son suficientes para apagar los malestares de desigualdad. Por eso, ojalá que cuando aúllen los lobos sea para gritar a los cuatro vientos la indignación que produce la invisibilidad y el atropello del otro.
Diana Castro Benetti