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Hay maestros de obra, de la vida o del infierno. Unos llevan la marca de la cordura, veneran la razón y obvian todo sentimentalismo. Otros abren los caminos de la pasión y muestran colores, sonidos o el esfuerzo.
Los maestros se mueven, se trastean y se disuelven. Los hay con sus tareas específicas: una tachuela o una entonación, y los hay con sus ecuaciones o sus movimientos de las nubes. Los hay con la fe puesta en las montañas o en la voluntad cotidiana. Hay maestros a los que se les regalan flores en símbolo de adoración profunda, como también existen esos maestros por accidente que son sólo los títeres de las circunstancias.
Y existen también todas aquellas encarnaciones perversas que obligan a transitar la amargura o la rabia profundas, tiranos con alma encogida y atiborrada de baratijas que van abusando de la divinidad de un ingenuo. Muchos son los maestros que no conocen la celebración y aún más los que instalan el sufrimiento o la estupidez o maestros que repiten letras muertas como si lo inservible fuera mejor que lo esencial. Con ellos, las enseñanzas se amangualan con las tradiciones para provocar la inútil clonación del aburrimiento.
Cada maestro vive en su propio arcano como si su único encargo fuera deshacer los tejidos llenos de nudos. Maestros de lo digno y lo malicioso; maestros del fuego, de la energía, de la sensualidad; maestros que son maestras y viceversa. Seres que llegan para ofrecer lo que son y que, con el empujón de un encuentro, despliegan la vida. Maestros verdaderos son los que ríen a carcajadas, hablan con el infinito y se dejan enseñar de los que no saben. Pero, en últimas, la belleza del aprendizaje radica menos en la loable actitud del maestro y más en la condición del que observa su propio camino. La sabiduría no está afuera, en un otro inventado, sino en el que es capaz de comprender todo suceso vital como parte de su realidad esencial. El aprendizaje es más que un circuito de dos, es más que la limitación y la perfección, es más que saber sumar. El aprendizaje verdadero es ser la atención viva, presente y bien vestida de toda observación de sí; es el momento en el que cada quien se recuerda, se reconoce inmortal y sin culpa. Es el lugar secreto donde se instala lo que ya nadie quiere enseñar: aquella dichosa rebeldía.