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Peregrinando

Diana Castro Benetti
10 de diciembre de 2010 – 11:20 p. m.

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Caminar es asunto de todos los días. Un paso tras otro no tiene misterio cuando se salta de la cama para buscar el pan más fresco o el amor que aún no nace.

Peregrinar es algo más complejo, pero no más difícil. Requiere de atención, ruta y sentido. La ruta puede estar adornada con paisajes azules o escuetas iglesias románicas. Puede incluso no tener trocha bien demarcada y llegar al fin del mundo por símbolos de conexión entre una estrella y otra. La ruta es la excusa para abrir las ventanas de una atención que, bien afinada, modifica prioridades y reconcilia la cabeza con el corazón y los pies. Millones en pasajes hacia latitudes diversas no garantizarán nunca el éxito de un buen peregrinaje. Cada recorrido puede ser exótico, lejano o desconocido, pero la mejor ruta de peregrinación, en últimas, puede no estar muy lejos de las calles conocidas y las montañas cercanas.

Lo que sí resulta obvio es que la ligereza o pesadez de cada carga es un tema truculento. Exótico y engorroso, el empacar maleta es asunto menor frente a saber qué es lo que se lleva a cuestas. El cómo sacudir el equipaje propio resulta de la filigrana cotidiana de reconocerse, de observar lo que se lleva puesto y de parquear los deseos en las zonas más oscuras. Andaregueando también se trastean las delicias de lo vivido y las ilusiones de lo que se ha de encontrar a la vuelta de la esquina. Toda ruta puede estar llena de compañías, pero el viaje siempre ha de emprenderse en soledad para garantizar la atención adecuada a los diablillos interiores. Como truco básico, siempre funciona escoger con cautela vestidos, cremas, diarios y alhajas y nunca invertir en zapatos ostentosos.

Amuletos, momentos propicios y conjunciones de planetas son poca cosa a la hora de anotar con fidelidad lo que va sucediendo en el interior cuando se transitan los lugares con la conciencia de que es la última respiración posible. El camino es irrefutable cuando ángeles y demonios confabulan para deshacer viejas promesas, enterrar dolores inútiles y expandir las puertas hacia otros sonidos que dan indicios del destino que ha de venir.

Peregrinar tiene intención, sensación, apertura y ligereza. Peregrinar tiene sencillez, conexión y, sobre todo, sincera devoción. Pero para peregrinar con sabiduría hay que reconocer que lo único real es aquella cita con lo inevitable. A cada vida, su muerte por muy peregrinas que ellas sean.

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