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Es fácil estar de pie con la columna recta, la cadera ajustada, las rodillas estiradas pero sin tensión y el cuello recto con los hombros sueltos.
Estar de pie sin más objetivo que mirar el horizonte y permanecer en compañía de la propia presencia. Un momento para que las incongruencias, durezas y excesivas exigencias se desvanezcan. Un espacio para observar cada añoranza o todas las incapacidades.
Estar de pie y mirar el horizonte es recuperar el sentido de presencia y aceptar la simpleza de la encarnación. Puede durar un instante, menos de un minuto o más de dos, pero resulta inútil contar los segundos porque estar de pie conectados con el horizonte es como alcanzar en un segundo la infinitud. Ejercicio que ordena las coordenadas en las que vivimos: arriba es encima de la cabeza y el cielo; abajo es debajo de los pies y la tierra; atrás es lo que no vemos y al frente lo que anhelamos. Ahí, de pie, se funden pasado y futuro.
Como seres modernos hemos olvidado el sentido del horizonte. Una dimensión de ese algo que se extiende más allá de nuestra vista. Una distancia que cambia si avanzamos y que invita a ir a su encuentro aunque no caminemos. El horizonte es la orientación de las intenciones y lleva consigo una promesa y la ofrenda de un futuro exótico tal vez. Ese más allá oculta lo impactante, lo desconocido y la esperanza, pero todo horizonte es personal y propio, porque cuando estamos de pie lo que miramos nos pertenece.
Y todo horizonte niega su pasado agarrado a su espalda. Un pasado que agobia por su melancolía o furia irremediable o un pasado que eriza por su pasión. Un pasado que se esconde cuando lo miramos de frente, un pasado que no espera ni es nunca el mismo.
Por eso estar de pie un segundo para observar el horizonte es mucho más que la simpleza de un acto de relajación. Es la conciencia de lo absoluto pegado a la planta de los pies. Es la redondez de una tierra que conoce los trucos del instante casi como si fuera una presencia donde lo que ha de venir nunca puede estar más allá.