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En el arte, las ventanas pueden representar el llamado místico. Es la invitación a ver; ver lo que hay fuera, lo que aparece de repente o lo que nos es desconocido.
Es como el paso primero a la exploración de una nueva realidad o el anhelo de perderse en un horizonte. Es ver los deseos, imaginar lo insólito y dejar que la ensoñación se instale. Ver a través requiere de un particular estado del alma, muy preciso y más parecido a la quietud que al movimiento. Es como la contemplación, que con una pizca de curiosidad permite escuchar lo inexistente. Ventanear es el silencio de la fiesta y lo más cercano a comprender lo incomprensible.
Una ventana es símbolo de un comienzo: la abrimos para indagar tanto como sea posible. Es apostar a mantener bajas las resistencias para que el otro lado nos impregne de vida; es dejarnos invadir por figuras y sonidos. Asomarse es atreverse a olvidar el mundo propio, seguro, conocido, y lanzarse a los imprevistos y a los riesgos llenos de esperanza e imaginación. Como lugar inconcluso, es también la evidencia del estar presos por las rutinas, los mismos quehaceres y los deberes inventados. Nos recuerda que nos condenamos a la comodidad y a lo que ya conocemos.
Intentar dar pasos hacia nuevos mundos implica más que un simple itinerario. Requiere dejar de pensar que lo que hemos sido es lo que somos, obliga a desnudarse para acoger nuevas ropas. Toda ventana, la propia y la de los otros, es el lugar de la frontera primordial donde el pudor se pierde y el miedo se esfuma. Mitad voyeristas y mitad exhibicionistas, recibimos en toda ventana, el teatro, los pájaros y la luz. Pasan la nube, el amigo y hasta la pornografía. A veces se manifiestan la luna, el sol o la lluvia. Una ventana puede ser la vida y, en lo trágico, la caída. Las hay tan místicas que son apenas el reflejo de la totalidad y el mágico trasluz de colores. Pero por encima de todo, las ventanas son esos lugares discretos y cotidianos a través de los cuales llegan los galanteos de las más mágicas presencias: ángeles, amantes, trovadores y desconocidos que, con pasión o sin ella, raptan las virginidades. En la ventana seducimos, en la ventana observamos, en la ventana nos olvidamos de lo íntimo. La ventana es el escape con el amor prohibido y la más preciosa invitación a rechazar la certeza de lo que somos para iniciar el recorrido de lo peligroso: vivir el destino.