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Soy una mujer educada en colegio de monjas, causa por la cual la mayoría de las cosas que las respetables pedagogas me prohibieron en mi infancia, hoy paradójicamente me gustan como si fuesen pecado.
En mi caso no hay necesidad de imaginar pecados capitales, pues la totalidad de dichas prohibiciones tuvo que ver con mi desaforado apetito, el cual —tal y como lo he comentado en columnas anteriores— nunca me ha abandonado, y por él yo he sido desde chiquita… gordita a mucho honor.
Pues bien, volviendo a mis recuerdos de colegio, sobra decir que mientras todas mis amiguitas guardaban en los bolsillos de sus uniformes katapis, conchitas, pulseritas, anillitos de fantasía y muñequitos, en los míos abundaban gomitas, chicles , mentas, ciruelas, mamoncillos, pandequesos y cuanta chuchería me caía en las manos, aún a riesgo de ensuciar y empegotar mi uniforme.
Debido a lo anterior, fui perseguida durante años por una monjita que se empecinó desde mi primer día de colegio en rebajar mi silueta y convertirme en futura reina de belleza. ¡Qué horror de monja! ¡Qué tortura! Fueron años de permanente persecución, los cuales me sirvieron para agudizar mi sentido de observación y conservación, saliendo triunfadora, pues hoy en día peso el equivalente a dos reinas de belleza y no tengo que estar a dieta, ni desfilar en pasarela muerta de hambre para poder montarme en los tacones que me dé la santa gana.
Pero los peores años no habían pasado. Para la época de mis 15, la epidemia (léase: moda) de la ortodoncia estaba en todo su furor y parece —según mis padres y nuestro dentista— que mi sonrisa (la que recuerdo normal y preciosa) era susceptible de mejorarse. ¿Total? ¡Freno para la niña¡ Y, por lo tanto, más restricciones y dificultades para comer a escondidas. Una vez cumplí mis 15 empezó mi incursión gustativa por el extenso mundo de la cocina, quedando prendada con el sabor de un producto del cual hasta la fecha continúo totalmente fanática: todo lo que se prepara con él me encanta: arepas, mazamorra, empanadas, mutes, sopas, masatos, bollos; sin embargo, cuando se embadurna de mantequilla con sal y se prepara al carbón… para mí es la exageración del buen sabor y nunca quedo satisfecha con uno, necesito dos. Me refiero al nutritivo y sabroso chócolo.
Pues bien desde hace algunos días vienen apareciendo en los supermercados sugestivas bandejitas de dos y tres pequeñas mazorcas dulces. Las hay importadas y también nacionales, las cuales aseguran su excelente sabor, sin necesidad de meter “uña” en las hileras de granos. Debo confesar que hoy más que nunca, cada que pruebo este manjar, hago un ritual y ofrezco la satisfacción que recibo a las almas de la monjita que tanto me persiguió y a la de mi dentista (opositores permanentes a que yo comiese chócolo), los dos descansan ya en la paz eterna, y yo jamás renunciaré al buen sabor del más aborigen de nuestros productos.