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Creo no equivocarme si asevero que una de las manifestaciones tempranas que más permiten visualizar la buena o mala educación de los niños es su comportamiento en una mesa, ante un plato de comida no propiamente para niños.
Enseñar a comer, no por obligación sino por placer y buen gusto, es algo bastante escaso en nuestro medio. La mayoría de padres mantiene durante años una pelea constante con sus hijos pequeños por asuntos propios a los gustos, las cantidades, los horarios y las maneras de asumir su alimentación. Traigo a colación este comentario pues considero que uno de los grandes retos en el proceso de formación de los niños es lo concerniente a su comportamiento en sitios públicos y, de manera especial, en restaurantes de categoría. Nada más insoportable que una pataleta o un berrinche de grito agudo en un restaurante tradicionalmente plácido y calmado.
Pero también reconozco que nada es más admirable que observar a un pequeño párvulo, no sólo utilizando bien cubiertos y lencería, sino, además, ávido de conocer los platos de la carta y solicitar, con criterio y según su experiencia gustativa de 6 u 8 años, una carne así o un pescado de tal manera. Como propietaria que fui de un restaurante, viví en carne propia estos dos casos. Pero no voy a extenderme en el primero; deseo comentar sobre el segundo y, más aún, sobre la buena impresión que causa en mesas vecinas cuando un niño se comporta y goza en un lugar no propiamente diseñado para su antropometría. El asunto no es fácil y mucho más cuando se trata de una familia con varios críos, todos en edades de risas, brincos y comunicación a gritos. Posiblemente la cosas se hacen más fáciles con los primogénitos o con dos hijos de edades similares, pero para no ahondar en terrenos que me embisten, sólo deseo concluir comentando la necesidad imperativa de invitar e involucrar a los hijos durante la vida conyugal alrededor de la buena mesa.
Desde que me olía la boca a leche, mi padre se encartó conmigo en restaurantes de la chirriada Bogotá, de la década de los 60. Seguramente no le quedé muy bien educada en asuntos de economía y política, pero puedo asegurar que él fue el culpable de que yo esté metida en estos avatares de comidas y cocinas, y que gracias a su particular manera de educarme he pasado más de 40 años metiendo las narices en bares y restaurantes de toda calaña, convirtiéndolos en mis oficinas de trabajo y disfrutando plenamente de lo que hago… comer y beber con pasión y algo de equilibrio.