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La argolla matrimonial que Pete Buttigieg luce en el dedo anular de su mano izquierda es su mejor arma de seducción. El aspirante a la candidatura demócrata para las elecciones presidenciales en los Estados Unidos alza orgulloso su mano al terminar sus actos de campaña y asegura que el anillo que le dio su marido, Chasten Glezman, el día de su boda en junio del 2018, es la prueba máxima de que su política es incluyente y que busca representar a todos por igual.
Hasta hace unos pocos meses, el nombre de Pete Buttigieg no significaba mucho para la gran mayoría de los estadounidenses y casi nada para los que no vivimos en ese país. Desde abril del año pasado, cuando el exalcalde de South Bend (Indiana) lanzó su campaña electoral, su nombre —pero sobre todo su apellido— fue más motivo de burla que de curiosidad. El demócrata es hijo de un inmigrante maltés y pronunciar su apellido se convirtió en el chiste de muchos que tal vez jamás creyeron que llegaría el día en que tendrían que tomarlo en serio. Ese día llegó esta semana cuando Buttigieg sorprendió al ganar por un estrecho margen al senador Bernie Sanders en las elecciones primarias de su partido en Iowa. Los que creyeron que su éxito era imposible hoy recuerdan cómo esa misma sensación generó en su arranque la campaña de Donald Trump —y cómo de ese chiste ya se rieron —. Es mejor tomar a Pete en serio y empezar a decir bien su apellido, que por cierto se pronuncia “buti-chech”, aunque a él le gusta que le digan “alcalde Pete”.
Hay una anécdota que permite una perspectiva valiosa de Pete Buttigieg. En el año 2000, el “alcalde Pete”, con apenas 18 años, terminaba colegio en Indiana. Como es tradición entre los estudiantes a nivel nacional, Buttigieg participó en la competencia de ensayos que organizaba entonces la biblioteca presidencial John F. Kennedy. Su trabajo fue considerado el mejor y viajó a Boston a recibir el premio de manos de Caroline Kennedy, hija del asesinado presidente demócrata. Lo que llama la atención es el tema del ensayo: su admiración por un hombre poco conocido en ese momento, el entonces representante de Vermont Bernie Sanders. Alabó su valentía al identificarse como socialista en un país que confunde su ideología con comunismo y terminó diciendo que Sanders, 41 años mayor que él, es una inspiración para los jóvenes que quieren dedicar su vida al servicio público.
Han pasado 20 años desde aquel ensayo y la hoja de vida de Buttigieg es en efecto la de un hombre comprometido con su país. Estudió en Harvard y Oxford antes de lanzarse como candidato a la Alcaldía de su pequeña ciudad, South Bend, en Indiana, en el 2012. Ganó las elecciones y siendo alcalde sirvió siete meses en el Ejército de su país en Afganistán, de donde regresó con una reflexión que cambió el curso de su vida.
“Mientras cumplía con mi deber militar caí en la cuenta de que, si moría, sobre mi tumba diría ‘alcalde’ y ‘teniente’, pero nada de mi vida personal. Me hubiese muerto sin saber qué era amar”. Así explica Buttigieg su decisión en el 2015 de “salir del clóset” aún siendo alcalde, y de buscar por primera vez una pareja. A Chasten, su esposo, lo conoció en una aplicación de citas, se casaron tres años más tarde y el “alcalde Pete” fue reelegido al cargo con un 80 % de aprobación. Hoy luce orgulloso su argolla de matrimonio, que para él es un símbolo de equidad y justicia. Su marido lo acompaña en actos de campaña para asegurar a las minorías, en especial a los hispanos y los negros, que los Buttigieg prometen representar dignamente en la Casa Blanca.
Sin embargo, la victoria en las primarias de Iowa no garantiza el éxito del alcalde Pete y mucho menos el de su partido. Si lo nominan como candidato demócrata, el mensaje de inclusión del millennial tendría que enfrentarse al discurso económico de Donald Trump, hoy por hoy, un zorro viejo y curtido en política.
Es muy temprano para hacerle barra al alcalde Pete. Pero no por eso desaprovecho la oportunidad para recordar las primarias demócratas en Iowa el 3 de enero del 2008. Ese día ganó un hombre cuyo nombre aprendimos a pronunciar y cuya bandera también fue la igualdad: Barack Hussein Obama. Aún falta mucho para saber si Buttigieg cabe en sus zapatos.