Publicidad

560 años de afonía

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

No solo en la era de la globalización se presentan sucesos lejanos capaces de sellar nuestro destino y marcar el rumbo de la humanidad.

Siempre hubo momentos cruciales en los que sucedieron hechos remotos, con efectos universales que en muchos casos sus propios protagonistas no alcanzaron a advertir. El mundo vino a comprender su verdadera trascendencia más tarde, cuando advirtió que estaba condenado a sufrir las consecuencias que de ellos se derivaron. 

El 29 de mayo de 1453, después de ordenar que las campanas de las iglesias tocaran a rebato, el último emperador bizantino se fue a defender su ciudad encaramado en las murallas legendarias, que fallaron por fin ante el empuje del cañón extraordinario que un húngaro fabricó para los turcos y les permitió abrir un agujero que facilitaría su entrada y el cambio del mundo para siempre. 

Perdido, Constantino XI, Paleológos, se despojó de los símbolos imperiales y se lanzó al mar de las espadas enemigas a combatir hasta la muerte, aunque no se sabe si murió, porque jamás alguien lo encontró y todavía lo buscan en vano. Horas antes había respondido a la solicitud de rendición de Mehmet, el Conquistador, con el famoso mensaje que decía:  “Entregarte la ciudad no es asunto Nuestro ni de los demás habitantes en ella; la voluntad de todos, libremente asumida, es que lucharemos sin que vayamos a tener la menor consideración por nuestras vidas”.  

Para entonces sólo faltaba la caída de la gran ciudad. Todo lo demás, es decir lo que quedaba del Imperio Romano de Oriente, que hablaba en griego, había sucumbido ante el empuje de los otomanos. Mientras tanto allí, en la espléndida Constantinopla, Constantino – Pólis, verdadera capital del mundo, que con su escudo del águila de dos cabezas miraba a la vez hacia Oriente y hacia Occidente, se discutían nimiedades y se vivía con ese refinamiento que hacía sonrojar a los europeos, cuando osaban llegar con su mensaje de muerte y su talante de ladrones, para verse en ese entorno vulgares y primitivos. 

Tan pronto pasó por entre la muralla, para cumplir el sueño de su vida, y de la vida de los miles que antes de él quisieron infructuosamente traspasarla, Mehmet comenzó a sentir la peor de las culpas. Su imaginación no le había alcanzado para que le cupieran en la cabeza las maravillas acumuladas de tantos siglos que configuraron la ciudad más rica de la historia. Entonces, para estampar la decencia del Islam y contrastar con las barbaridades de los cruzados, que en su momento no tuvieron piedad con nadie y en 1204, como lo contó Nicetas Xoniátes, llegaron a instalar una puta borracha en el trono del Patriarca ortodoxo, el conquistador ordenó suspender el saqueo antes de lo previsto y se fue a Santa Sofía para admirarla y dar gracias a Alá por haberle permitido llegar en vida hasta ese sitio, que convirtió en mezquita y epicentro de un nuevo imperio, que tomó del recién derrotado tantas cosas que permitieron de alguna manera la permanencia de muchas de sus características, bajo símbolos diferentes.

A partir de ese relevo forzado a orillas del Bósforo, en el lugar que une y separa a Europa con el Asia, no solo se desató el proceso de control del Islam sobre las tierras cristianas más significativas, sino que se produjo la desbandada que vino a darle carácter a Europa, el nuevo continente, cuyo florecimiento tanto debió a la influencia de las artes y las ciencias que Bizancio había heredado por línea directa de los clásicos, a pesar de las interferencias simplificadoras del cristianismo. Desde entonces se desataron también el boato de las cortes y de la liturgia religiosa, así como la entronización del maridaje solemne entre la religión y el Estado y entre la Iglesia y las artes. 

En el fondo de la Estambul contemporánea, tal vez conquistada para la época bajo el lema “stin poli”, a la ciudad, “stnpol”, “stnbl”, yacen una sobre otra varias ciudades, que todavía se pueden advertir bajo el manto de la nueva y pujante Turquía, que ya vivió por su parte el desmonte de la época otomana y se ha integrado al mundo, con un pie en Europa y otro en Asia, a la manera del antiguo Bizancio, con todas las ventajas que ello pueda traer.  Cuando a las horas señaladas se escucha al mismo tiempo en todas las mezquitas el llamado de los musulmanes a la oración, es posible que en el fondo de las ruinas que subsisten de la vieja Bizancio todavía las piedras añoren el repicar de las campanas, silenciadas quinientos sesenta años atrás.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido