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Adiós Jartum

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Avanza la lucha para revertir el descuartizamiento de África por los europeos. Las aspiraciones de muchos pueblos siguen intactas en busca de una mejor coincidencia entre tradiciones milenarias y agrupaciones políticas.

La experiencia de la división arbitraria sirvió tal vez para reafirmar el deseo de unirse ahora. Ojala no sea para pelear esta vez, de tribu a tribu, a la manera original. Lo que se impone es la unidad para la cooperación africana.

Los cuatro millones de sudaneses registrados para votar en el referendo que durante una semana se llevará a cabo para decidir si el sur del país se separa del norte, para dividir en dos al Estado más grande de África, tienen en sus manos una decisión que no sólo señala su destino sino marca un punto avanzado del proceso de reconfiguración del continente.

El referendo fue pactado en 2005 en busca de solución al conflicto violento que ha enfrentado dos formas muy distintas de ver el mismo país. El norte, desértico, apenas bañado por el Nilo, severamente musulmán, ha sido hegemónico desde la partición brutal del África sin tener en cuenta las diferencias culturales que le separan del sur, verde, pantanoso y lleno de petróleo, en parte cristiano, en parte afiliado a tradiciones religiosas milenarias, y en todo caso abandonado o mal comprendido y atendido por los gobiernos de Jartum.

En la medida que solamente los habitantes del sur tienen derecho a votar, sería muy difícil que el resultado no condujere a la división formal del país. Lo que quiere decir que, salvo una erupción de violencia, o un fraude descomunal, África verá pronto el nacimiento de un nuevo Estado, que tiene todo el derecho a existir, pero que por otra parte no se sabe si tenga un liderazgo capaz de hacerlo viable más allá de la aspiración de independencia, que siempre será más fácil de liderar que el ejercicio del poder, con las responsabilidades que ello implica. 

Lo cierto, pase lo que pase, es que el movimiento de recuperación de la fisonomía africana sigue vigente. Las cuentas son largas y motivo de preocupación en las capitales de los Estados surgidos de la división impuesta a fines del Siglo XIX por unas potencias a la vez arrogantes e ignorantes, que no tuvieron en cuenta las particularidades de la tradición de pueblos que los que se dedicaron profesionalmente a explotar y a dividir. Aunque no sobran quienes consideren que justamente esa división vino a generar nuevas tradiciones y evitó las eventualidades de unas guerras abiertamente nacionales que hubieran podido ser todavía más letales que todas las guerras africanas del Siglo XX.

Lo anterior quiere decir tal vez que el panorama no se despejaría simplemente con una súbita vuelta al comienzo, que ha servido como caballo de batalla de las actuales aspiraciones tribales o nacionales, pero que nadie garantiza como solución a los problemas de hoy. Tal vez por eso, y sin perjuicio de que de una u otra manera se vuelva al esquema anterior a la invasión europea, ésta es un hecho consumado al que habrá que sacar el mayor provecho posible. Lo que conduce a la urgencia de la unidad africana, y sobre todo, algo más posible, a la cooperación sobre la base de unos cuantos denominadores comunes. Es decir que sin necesidad de acentuar al máximo unos nacionalismos que por ahora sirven para alimentar el discurso de sus impulsores, los pueblos africanos deben mirar hacia un modelo de relaciones que supere los pecados de los extremos en los que otros continentes han incurrido con un precio tan alto.

Sin perjuicio de lo que signifique en el panorama africano, en el orden interno el caso de Sudán deja muchas lecciones. La primera es la de la urgencia de que las capitales se ocupen efectivamente de las regiones apartadas de cada país. La segunda es la del respeto que se debe a las diferencias culturales si se quiere mantener la unidad nacional sobre unas pocas bases comunes, dentro de una cultura política de diversidad. La tercera es la de la improcedencia de la imposición de credos religiosos por parte del Estado. Tampoco la de la simple confesionalidad. La cuarta, y tal vez la más importante, que no hay conflictos insolubles, porque siempre se podrá hallar una forma de arreglar los problemas, por graves que parezcan. Y tal vez una adicional: que conflictos que no obedecen a razones parecidas a las de Sudán, sino a diferencias sociales o de opinión, se pueden solucionar todavía más fácilmente cuando de verdad exista voluntad política de llevar a la práctica lo que se predica como deseo de paz.

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