Al mausoleo de faraones

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En el cortejo fúnebre del expresidente egipcio Hosni Mubarak aparecieron, como fantasmas del pasado, muchos de los protagonistas de su gobierno de tres décadas. Detrás de ellos habrían podido desfilar también todos los faraones, en el entendido de que se trataba de la despedida de uno de los de su clase.

La presencia solemne del presidente Abdelfatah El Sisi, y el desfile hacia la tumba bajo un protocolo elegante y sobrio, marcaron el verdadero final de la figuración pública de un personaje controvertido, que pasó del anonimato a la cumbre del poder, para salir, treinta años después, aupado por una revuelta callejera de gente que se había cansado de ver por todas partes los afiches con su cara impasible.

El presidente Mubarak fue portaestandarte de una tradición de jefaturas civiles de origen militar que comenzó a mediados del siglo pasado con la revolución de los “Oficiales Libres”, que dieron por terminado no sólo el reinado del rey Faruk, sino la presencia imperial británica en Egipto y Sudán. Modelo de reemplazo de regímenes monárquicos “apoyados” en potencias europeas, exitoso en Egipto, que fructificó en Irak, Siria y Libia, pero que fracasó en Arabia Saudita.

Fueron esos “oficiales libres” quienes vinieron a marcar el tono de los gobiernos egipcios desde ese momento hasta el presente.  No pertenecían a la elite tradicional de los potentados, validos de una monarquía famélica, subordinada a poderes extranjeros. Provenían más bien de la clase media, esforzada y trabajadora, que pudo proveer, como complemento de la revolución de 1952, funcionarios del mismo origen social, que dieron vía a gobiernos que lograron un apoyo popular expresado en la vida cotidiana con discretos gestos de satisfacción; o de resignación.  

Poco a poco se vino a hacer evidente que estos oficiales, y quienes les sucedieron, todos provenientes de la misma cantera, habían vuelto a encontrar una modalidad idónea para gobernar a la nación egipcia, que no difiere demasiado de la legendaria manera de mandar, y de las de expresar y recibir el apoyo popular, propias de los faraones.

Margarita Cadavid recuerda que hay pueblos que viven encantados bajo el hechizo de una especie de “síndrome nacional de Estocolmo”. Los últimos setenta años de la vida egipcia pueden ser una muestra de ello. Gente sencilla y feliz que aparentemente no tiene que preocuparse de las vicisitudes de la vida política, porque siempre hay por allá alguien que pone orden, por lo general de manera dura y duradera, en la compañía de un grupo más bien cerrado de beneficiarios de los grandes negocios. Todo acompañado de vez en cuando de signos de una inestabilidad inquietante, bajo la amenaza de los hervores de la pobreza y la exclusión social, económica, política o religiosa, que se vuelven fermentos de eventuales revueltas.

Ese fue precisamente el modelo bajo el cual gobernó durante treinta años Muhammad Hosni El Sayed Mubarak, después de llegar al poder aupado por la dramática muerte de su jefe y predecesor, el gran Anwar El-Sadat, junto a quien se encontraba en la tribuna que presidía el desfile militar de cuyos camiones bajaron miembros de las propias fuerzas armadas para asesinarlo a sangre fría. Destino de poder con el que tal vez no había soñado un oficial de la Fuerza Aérea que había sido reacio a las audacias de la paz del presidente Sadat con Israel. Para saber que tendría que ser consecuente con la herencia recibida, al ser puesto en la jefatura del Estado más importante del mundo árabe, piedra fundamental de la estabilidad del Medio Oriente, y líder indiscutible de una porción significativa del continente africano.

Su régimen no fue muy distinto de los de Gamal Abdel Nasser y Anwar El Sadat, pues no pudo ser otra cosa que la continuación de una tradición de “estado de bienestar” con mano dura, dependiente de la generosidad, y la buena voluntad, de los integrantes de una alianza entre un jefe supremo, de origen militar, y una elite económica fortalecida por sus nexos con el poder, con la capacidad de maniobra de un grupo de funcionarios del mejor nivel posible, rodeados de una densa burocracia. Tradición fuerte, de corte faraónico, que hoy gobierna de nuevo, después de que el propio Mubarak hubiera tenido que ceder la presidencia ante el empuje de la “primavera árabe” para dar paso a un fugaz gobierno de la tradicional oposición de corte religioso, que no pudo controlar el país.

En una cosa sí Mubarak trató de salirse del modelo, por uno de los pocos caminos que diferencian a los “faraones” de ahora de los antiguos, como es el de tratar de fundar una dinastía familiar. Pecado político por el cual pagó un precio muy caro, a pesar de que hubiera podido ser explicable, para sus beneficiarios, por tratarse de un presidente instalado en el poder por un tiempo superado solamente por allá en el Egipto del Siglo XIX por el famoso Mohamed Alí Pashá,

Retirado de la presidencia, en abril 2011 lo detuvieron junto con sus hijos para interrogarlos por abuso de poder, así como por conductas corruptas, y en el caso del presidente por negligencia en el manejo del orden público en los días de las manifestaciones de la “primavera” contra su gobierno. Allí comenzó la ordalía de una secuencia de detenciones, juicios, enfermedades, traiciones, hospitales y, finalmente, la exoneración de cargos en su contra, ya cercano al fin de sus días. Decisión digna de toda sospecha por parte de muchos, que la entendieron como reivindicatoria de la supremacía que Mubarak ejerció en su momento, y que de alguna manera formaba parte de una especie de “patrimonio histórico”, el del sistema, que era preciso salvar. 

Con ese desfile de personalidades, reales e imaginarias, se cerró de manera institucional y solemne el paso de una figura importante del Egipto contemporáneo, y al mismo tiempo se reiteró sutilmente la primacía del modelo de gobierno de un país que lleva siglos de tradición propia, y que no ha encontrado, o de pronto no ha buscado a fondo, una alternativa al esquema implantado por esos jóvenes oficiales rebeldes de la década de 1950. No se sabe hasta cuándo.

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