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Algo más que ganas de delinquir

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Se equivocan quienes piensan que en las sociedades occidentales de nuestra época no hay conflictos sino problemas de mala conducta, que se arreglan con represión.

Por pasarse de listos, quienes consideran que toda manifestación de violencia obedece a una maldad natural de los marginados, terminan por agravar la situación de sociedades que no se han querido percatar de la situación de quienes escasamente figuran en los escalones más bajos de las estadísticas pero no forman parte de la cotidianidad de los demás. Las protestas sociales, aunque en ciertos casos se tramiten de la peor manera posible, es decir sin discurso y con la sola apelación a la fuerza de la destrucción, llevan siempre un fondo que es necesario auscultar. De lo contrario no será posible remediar los problemas profundos que las suscitan.

La Gran Bretaña, pionera en tantas ocasiones tanto en el invento de problemas como en el de las correspondientes soluciones, ha vivido en las últimas semanas un nuevo tipo de alteración del orden que de pronto forma parte de una secuencia histórica inevitable: la que se deriva del afloramiento de protestas contra el estado de cosas, y contra algunos de los elementos de un sistema que mantiene bloqueados a muchos habitantes del Reino, en su mayoría jóvenes, que no se hallan a gusto dentro de los marcos de vida que les condicionan, pero sobre todo que no les ofrecen vías identificables para una realización personal en condiciones de dignidad, particularmente si comparan su futuro con el de los demás de su generación.

Ya no es la protesta de los siervos de la sociedad rural, porque el agro cambió demasiado en la isla y siervos, en el sentido tradicional, no hay. Tampoco la de los obreros explotados de la revolución industrial, porque las luchas sociales, unas ganadas y otras perdidas, bien que mal llegaron a consolidar esquemas llevaderos, aunque no siempre satisfactorios, de convivencia de intereses, aunque sea en la tibieza de una paz social que no da lugar a estridencias. Ahora los problemas son urbanos e involucran segmentos de la población a los que antes nadie había visto juntos. Con un ingrediente inédito, como es el del reto a los poderes tradicionales del Estado y de la prensa en el orden informativo, terreno en el cual uno y otra ven perdiendo el progagonismo y la exclusividad, para dar paso a miles de canales de comunicación que animan nuevos y mutantes movimientos sociales, difíciles de identificar e imposibles de controlar. De ahí el pánico que pueden suscitar en los sectores de la sociedad que tienen por costumbre oponerse al cambio.

Los denominadores comunes de los amotinados parecen ser una elevada dosis de incertidumbre sobre el futuro y unas condiciones presentes de desempleo y marginalidad. A lo que se puede agregar el espanto que entre ellos puede despertar el anuncio de medidas de desmonte del Estado de Bienestar, que les habría recogido en su tibio regazo, simplemente para posponer el problema que ahora ha salido a flote. Pero hay un ingrediente peor para todos, autoridades, demás miembros de la sociedad, y manifestantes mismos, que es el del recurso pronto a la violencia más absurda y despiadada no sólo contra los bienes públicos, que ya es un delito imperdonable, sino contra una cantidad enorme de ciudadanos de bien, pequeños empresarios, que han luchado, y trabajado, bajo las inclemencias del mismo sistema, sin chistar.

La respuesta por parte del Estado, y de los partidos políticos, requiere una inmensa dosis de sabiduría y de comprensión de la historia, no sólo hacia atrás, sino hacia delante. Trivializar el problema, negar sus profundas raíces y reducirlo a una cuestión disciplinaria como si se tratara de la coincidencia sorprendente de acciones simultáneas de injustificada delincuencia común, puede constituirse en una equivocación mayor. Por lo cual, y sin perjuicio de que se ejerza el poder para restablecer el orden y se desarrollen programas para aliviar la situación de los injustamente atropellados por la violencia, los británicos, gobernantes, partidos y pensadores sociales, saldrán, como suelen hacerlo, con alguna propuesta sensata de manejo de la situación. Al menos eso espera un mundo que anda pendiente del próximo escenario de perturbación. Porque las causas, como todas las causas comunes, pueden estar ya regadas al menos por los países desarrollados de Occidente. Y por algunos de los que se creen de la nueva clase media alta. Como nosotros.
 

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