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Alianzas de nueva era

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Hugo Chávez y Vladimir Putin pertenecen a una misma raza de políticos: aquellos que se consideran, de pronto con toda sinceridad, los mejores intérpretes del alma de sus pueblos. Por eso creen que deben gobernar por muchos años.

Si por alguna razón no se pueden mantener en la cúspide, están dispuestos a bajar un peldaño mientras alguien les cuida el camino del retorno, o se retiran con el anuncio de influir en la vida pública desde donde quiera que estén.

Esta especie tiene representantes en todos los continentes. Sus miembros se mantienen pendientes de cada ocasión que les permita aparecer como providenciales, eso sí mientras el tema pueda ser objeto de publicidad. A ese paso tal vez gastan más tiempo y energías lanzando y devolviendo piedras que en el ejercicio del oficio a la manera tradicional, es decir desde una oficina en la que los gobernantes de otros países se dedican a pensar y a propiciar acciones que debe llevar a cabo el aparato estatal.

A nadie le cabe duda de la efectividad que el modelo tiene en sectores populares, cuya alma los Caudillos visitan con asidua frecuencia, y cuyo ritmo no sólo interpretan sino que llegan a manejar con un tipo de argumentación que representa una mirada tan elemental de los problemas que no encuentra obstáculos para conseguir un apoyo mayoritario. Lo mismo que consigue el rechazo, o al menos la perplejidad, de los sectores que van más allá de la interpretación primaria de cada situación.

La versión latina tiene, por supuesto, ciertas diferencias con la de los eslavos del nororiente europeo. No sólo porque en ninguna capital de nuestro continente la temperatura llegue a tantos grados bajo cero como en Moscú, sino porque la saga de la que provienen nuestros pueblos, con todo e idioma y tradiciones políticas y culturales, exposiciones a conflictos y cambios de fronteras, es muy distinta en uno y otro lado. Pero precisamente esto hace más digna de atención no sólo la amistad que Chávez y Putin quieren cultivar, sino las implicaciones que para el continente americano pueda traer el desarrollo de los planes concretos que Venezuela y Rusia acaban de acordar.

El acceso que los rusos tendrán a la exploración petrolífera en áreas venezolanas no deja de ser una oportunidad privilegiada de participar en el reparto de un enorme ponqué. Ya hemos visto, por las eufemísticas reacciones de los españoles al trato duro de Chávez, cómo es de poderoso ese tipo de acuerdos para conseguir amistades prácticamente incondicionales. Pero el asunto del petróleo en realidad no tiene nada de novedoso frente a los anuncios de construir un reactor nuclear y de proveer a Venezuela de su propia industria espacial. Aquí, si los propósitos se llegan a cumplir, estamos escuchando un nuevo idioma en el continente americano y particularmente en la región andina. El mensaje es claro para todos: Venezuela tiene cada vez amigos más poderosos, con los que desarrolla lazos de amistad, y de nueva dependencia, que sólo Cuba hasta ahora se había atrevido a establecer en un continente acostumbrado a muy estrechas avenidas de relaciones internacionales.

Sin perjuicio de que Chávez y Putin sean ahora una pareja de esas en las que cada uno sabe bailar de manera diferente, lo que los lleva de vez en cuando al ridículo, entre otras cosas porque todo tienen que hacerlo a través de intérpretes, no resta importancia a lo que significan los temas de sus acuerdos. América Latina comienza a probar lo que pueden ser las alianzas de una nueva era en la que las consideraciones geográficas y políticas se fundamentan en parámetros muy distintos de los que llevaron a la independencia de hace doscientos años y a las relaciones estereotipadas con las antiguas potencias coloniales o con los omnipresentes Estados Unidos, cuya primacía continental se ve, con excepción de unos pocos reductos, sometida a severa revisión.

Habrá que ver cuál es la reacción del Departamento de Estado no sólo a los anuncios, sino al desarrollo de los nuevos proyectos ruso – venezolanos. Y habrá que ver las sorpresas que de pronto depare la visita del saliente Presidente de Colombia a Moscú, que según la prensa los diplomáticos de parte y parte llevan preparando dos años. Lo que da para pensar que de allí puede salir cualquier cosa muy ingeniosa es algo muy sencillo: las dos cabezas del encuentro colombo ruso también tienen unas cuantas cosas en común.

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