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La crisis tunecina puede ser el comienzo del colapso de un modelo político caduco. Otros países de la región se pueden contagiar. Las circunstancias que viven guardan tantas similitudes con las de Túnez, que no sería raro un efecto dominó.
Las fuerzas democráticas tienen una oportunidad de buscar que el relevo de Zine al-Abidine Ben Ali sea verdadero y les favorezca. Pero deberán obrar con mucho tino, porque habrá otras fuerzas, de corte fundamentalista, interesadas en aprovechar la misma ocasión. Lo mejor sería, claro está, que hallaran un modelo no importado, pero respetuoso de derechos ciudadanos esenciales. La diplomacia francesa, y la de los Estados Unidos, están ante una prueba de fuego, no sólo respecto del caso inmediato sino de las consecuencias que su desenlace pueda traer.
No sería raro que estuviésemos ante el inicio de un proceso de transformaciones parecido al que afectó a la Europa Oriental a partir de 1989. Varios países del norte de África, para no incluir los de otras regiones, viven situaciones similares a la tunecina, que condujo a una explosión popular que, contra todo pronóstico, puso en fuga al recientemente reelegido presidente, cuya ratificación en el poder revistió todas las características de quienes acuden a las urnas para guardar apariencias democráticas al hacer que sus pueblos, manipulados de diferente manera, les reiteren mandatos por mayorías a la vez arrolladoras e inverosímiles.
Se trata de países con un crecimiento demográfico sobresaliente y una población mayoritariamente joven, que se pregunta si el modelo político bajo el cual han vivido hasta ahora sus vidas es el mejor posible. Pasan todos por dificultades de acomodamiento de la sociedad a un sistema político dominado por décadas por una misma persona, o al menos por un mismo grupo, con los mismos intereses. Observan comportamientos gubernamentales que los observadores extranjeros no vacilan en calificar como de corte autoritario. Presentan índices de corrupción elevados. Y, en realidad para colmo de males, realizan con periodicidad elecciones que, para complementar los ánimos de perpetuidad ya descritos, terminan siempre en victorias aplastantes de quienes monopolizan el poder.
Por otra parte, se declaran civilistas y garantes del alejamiento de los procesos radicales de origen islámico, que tanto miedo producen en un mundo occidental al que sus propios medios de comunicación no ahorran esfuerzo en descalificar, en muchos casos desde un fundamentalismo cristiano y capitalista tan ostensible y ofensivo como el que más. Con lo cual por lo general ganan una cierta medida de buena prensa y otro tanto de apoyo diplomático, o al menos de tolerancia conveniente, en los grandes centros de poder internacional.
Lo cierto es que la ausencia de verdadera oposición y la inocuidad de las elecciones hacen que miles de jóvenes, cada vez mejor educados y con mayores contactos con el resto del mundo, como sólo ahora es posible, estén dispuestos, como lo estuvieron en Túnez, a salir a la calle no sólo a gritar sino a jugarse todo en busca de la aventura de un cambio que, esperan, les traiga al menos algo nuevo qué ensayar. La crisis de precios al consumidor, las evidentes diferencias sociales y el bloqueo frecuente de medios de opinión, sólo sirven para alimentar el deseo de expresarse de la manera más simple: gritar su desencanto, su desesperanza y su frustración. Todo lo cual se convierte en caldo propicio para el desorden y la violencia.
Lo peor es que no hay nada más difícil que manejar adecuadamente ilusiones populares reprimidas que de pronto se manifiestan dispuestas a cualquier cosa con tal de cambiar. Y es aquí donde las fuerzas democráticas han de jugar con acierto, porque tienen competidores cuyo discurso fácilmente puede llevar de la revuelta callejera a cualquier tipo de dictadura, con los argumentos más elementales y por lo tanto más difíciles de combatir. O cuando menos puede producir el fenómeno de reordenamiento de la fuerzas tradicionales, que se las arreglan para seguir en lo mismo, con cualquier justificación.
El desenlace, sin embargo, no dependerá exclusivamente de lo que pase al interior de los procesos políticos de cada uno de los países de la región. La diplomacia de potencias relevantes está también a prueba. Francia, con su experiencia colonial y su sabiduría política, y los Estados Unidos en razón de los remanentes de su condición de potencia universal, tienen que acertar al escoger el modelo que pueden apoyar para reemplazar a unos regímenes que si bien no han sido capaces de evolucionar hacia una democracia tipo occidental, también han frenado el avance de alternativas más radicales y regresivas, que habrían podido ya, a estas alturas, tomar el control y sumir a esos países en el túnel de una dramática marcha hacia atrás.