Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Adormiladas, naciones enteras no han advertido a tiempo que los horrores de la guerra se pueden evitar.
Con el alma crispada por el afán de que sus intereses prevalezcan, los jefes políticos han hecho a veces más esfuerzos por alistar a sus países para la beligerancia que por buscar fórmulas para evitarla. Consumada la tragedia, que por lo general los devora, son otros los llamados a recoger los escombros. Siempre quedan heridos los pueblos, porque se gane o se pierda, ninguno sale intacto.
Desplazada en la vitrina de la infamia como catástrofe política y humana por la Segunda Guerra Mundial, la guerra de 1914, con su entorno, su crueldad y sus efectos, ha permanecido por muchos años, particularmente en regiones del mundo como la nuestra, en el olvido. Los comentarios sobre sus incidencias pasaron pronto a ser cosa de entendidos en hechos anacrónicos. Las referencias a la lógica fatal de su itinerario se convirtieron en símbolo de un pasado que pocos han querido recordar.
Es posible que ese relego al olvido se deba a que algunos de sus protagonistas fueron países o poderes que ya no existen, precisamente porque esa guerra condujo no solo a su derrota sino a su desaparición. Y ese menosprecio puede obedecer a que los métodos de destrucción de esa guerra, con ejércitos apostados en trincheras, parecen anticuados a la luz de los albores de este siglo, cuando además de los grandes arsenales atómicos y de toda índole en manos de las potencias de ahora, existe tal proliferación de amenazas de poderes dispersos y letales.
Tradicionalmente se ha entendido que las pretensiones de los británicos, los franceses y los rusos zaristas, por un lado, y de los alemanes, austrohúngaros e italianos por el otro, estarían en el origen de la guerra de 1914. Todo eso es obvio pero quizás no sea desmedido sugerir que, vistas en los términos más amplios posibles, las grandes jugadas de la secuencia que llevó a la Primera Guerra Mundial habrían comenzado muchos años atrás y estarían relacionadas con el reparto mismo de los despojos del Imperio Romano.
En Occidente quedaban obviamente asuntos por arreglar, en medio de sutilezas y resquemores. Pero en el caso de Oriente el juego estaba para volverse a repartir, a la luz de la decadencia del Imperio Otomano, heredero por fuerza del Imperio Romano oriental, que separó a muchos pueblos del ritmo de Europa, y de la necesidad de definiciones en la apetitosa región de los Balcanes.
Como en su momento tenían que justificar el movimiento de sus fichas y el desarrollo de las primeras hostilidades, actores principales terminaron hablando de “la gran guerra por la civilización”. Los hechos solo vinieron a demostrar que Europa era todavía, con esa capacidad inaudita de matar a sus propios hijos en las trincheras con gases venenosos, el menos civilizado de los continentes. Así su pretensión de civilizar al resto del mundo quedó desvirtuada por sus propias ejecutorias y, al apagarse esa luz, comenzaron a verse las primeras luces de la descolonización, que se vendría a consolidar más tarde.
La guerra tenía que estallar en Oriente. Allí estaban expósitos los eslavos del sur, y todos los demás se sentían con derecho a intentar hacerse a un pedazo de los territorios que hasta esa época habían estado bajo el dominio turco, es decir anteriormente bajo el señorío o la influencia de la Roma oriental. Sólo que en el escenario habían aparecido otros actores, con todo su derecho, que eran los propios eslavos y otras naciones de la región, animadas a entrar en el juego con identidad propia luego de todo un siglo XIX luchando por consolidarse, con diferente fortuna. Y la situación, en sus diferentes versiones, se extendía aún más al Oriente. Por eso de entonces provienen las promesas de tierra propia para árabes y judíos, y tantos otros inventos que aún están por convertirse en realidad.
Hace cien años, a estas alturas de 1914 no se había disparado un tiro ni se había abierto una botella de gas venenoso. Tampoco se había construido la red de trincheras que verían más tarde morir a tantos inocentes que fueron llevados de sus casas al frente a luchar en la madre de todas las guerras, por la civilización, y que murieron sin saber a ciencia cierta por qué. Las naciones andaban adormiladas mientras los políticos tenían el alma ya crispada y se ocupaban de prepararse para la guerra, no para la paz. Estaban esperando el momento, que llegó más tarde y se los llevó a todos, dejando heridos a sus pueblos, para que otros tuvieran que venir después, sobre los escombros, a promover la posibilidad de convivir en lugar de guerrear; tarde. Hay que esperar que los ánimos crispados de Ucrania, entre Occidente y Oriente, no conduzcan a una tragedia similar. Si fueran capaces de organizar un Estado federal, con igualdad de oportunidades para rusos y ucranianos, se podría evitar una guerra más.