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Catástrofe de múltiples autores

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Los verdaderos instigadores de los incendios que asolan a Atenas pueden estar en los lugares más insospechados.

Una sociedad pacífica y sufrida como la griega, que ha tenido que soportar desafueros, invasiones, guerras y desplazamientos, y que en los altibajos de su historia de varios milenios ha probado las ventajas de la convivencia, no produce porque sí hechos de destrucción como los que aterran al mundo. Nadie puede simplificar las cosas mediante la condena, justificada, de quienes apelan a la violencia. Pero las circunstancias obligan a establecer la secuencia dentro de la cual se inscriben los actuales hechos. Los griegos quieren que eso se sepa, y desean que se haga claridad sobre los culpables de la situación, porque también los que no han apelado a la fuerza se consideran víctima de una gran injusticia.

Los griegos del común, afectados en sus intereses más íntimos, en cuanto se ven lanzados al desempleo, disminuidas sus pensiones, recortados sus derechos económicos, limitadas sus posibilidades de acción social, agobiados por impuestos impagables, y que ven a su país, es decir a sus bienes y a sus hijos y más allá, hipotecados en favor de poderes inclementes que les ponen condiciones mucho más gravosas que a los habitantes de cualquier otro país de Europa, hacen a diario las cuentas de los culpables de esta desgracia general apenas comparable a las dos más recientes: la invasión del Eje en la Segunda Guerra Mundial y la Dictadura de los Coroneles.

Por todas partes surgen los reclamos, unos violentos y otros no, que coinciden en señalar como responsable de la crisis ante todo a la clase política, que ahora vota mayoritariamente en el Parlamento las medidas extravagantes que conducen, les han dicho, a que el país no se quiebre del todo y algún día se pueda considerar a salvo.  Esa misma clase política fue la que a lo largo de tres décadas tomó todas las decisiones cuyo fracaso ahora se pone en evidencia. La misma que adoptó medidas de aparente beneficio social que hoy se ve obligada a cortar de un tajo. Por eso los políticos andan escondidos del repudio popular. Repudio que no tiene divisiones de izquierda y derecha, porque ambas contribuyeron prácticamente a la competencia populista que llevaría a la quiebra del Estado. Y porque ambas callaron sus propios pecados y ocultaron de la vista pública la avalancha de desgracias que era previsible advertir.

Pero también figuran en la lista poderes extranjeros. En algunos casos se trata de países miembros de la Unión Europea, que nunca dispararon las alarmas respecto de la situación griega, mientras seguían realizando con la República Helénica todo tipo de transacciones, entre ellas la de compraventa de armas sofisticadas, con el argumento de satisfacer los requerimientos de defensa de un país que tiene siempre el argumento de tener que estar bien armado para hacer frente a la eventual amenaza de contrapartes históricas que andan en la misma carrera. En otros casos se trata de los ya conocidos poderes privados internacionales que deciden calificar o descalificar a un país sobre la base de su récord en temas complejos que denotan el estado de salud de su economía, y con su veredicto desatan procesos en los que la situación de la gente no es necesariamente tenida en cuenta hasta que se manifiesta de manera contundente. Y para completar la lista están las organizaciones financieras dispuestas a socorrer a los deudores en mora con soluciones que en este caso resultan peores que los males originales; porque no otra cosa puede ser la oferta de fondos de salvación con tasas de interés que superan casi en diez veces las que aplican a otros países.

Lo cierto es que hay calles de la Capital Griega que están en llamas, mientras el Parlamento aprueba nuevas medidas, cada vez más asfixiantes, ahora ante propuestas de un economista improvisado como político, esto es como gobernante, que presenta para los acreedores la garantía de entender el problema en los mismos términos, pero que no puede hablar el mismo idioma de los ciudadanos.  El ejercicio tiene que servir no solo para los políticos y gobernantes, lo mismo que grandes agentes económicos de otros países que ven con terror la aproximación de sus condiciones a las de la sufrida República Helénica. Lo que urge es despertar en alguna parte un nuevo tipo de realismo que no tenga en cuenta solamente los intereses del establecimiento económico internacional, sino que éste sea capaz de obrar con un realismo capaz de evitar la tragedia humanitaria en la que se convierte poco a poco un asunto de negocios que va dejando, de manera injusta, huellas de sangre. Y es bueno que ese realismo despierte antes de que sea tarde y salgan a la calle, impulsados por la misma causa remota, los que aún no han salido.

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