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Ciudades inteligentes

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Los procesos urbanos del Siglo XXI exigen decisiones de gobierno y acciones ciudadanas que permitan hacer el mejor uso posible de tecnologías contemporáneas al servicio del bien común.

Nada mejor que los sistemas complejos, como los de la vida de las ciudades, para aprovechar los medios contemporáneos de manejo de información, organización del trabajo y evaluación de la calidad de procesos de los que sean protagonistas los administradores de lo público o los particulares. No introducir el tema dentro de las acciones de gobierno, y no actuar desde la ciudadanía en reclamo del buen uso de las nuevas herramientas, es perder, y hacerles perder a las ciudades, el tren de la historia.

La racionalización de los esfuerzos que los habitantes deben hacer para vivir y disfrutar de su ciudad, la relación sistémica y adecuada entre los lugares de trabajo, de vivienda y de recreación, la racionalización de la presencia de servicios de diferente índole, el ritmo de la movilidad, la capacidad de respuesta a las necesidades cotidianas y a las emergencias, la información adecuada sobre los propósitos y actos de gobierno, las propuestas y la vigilancia ciudadana sobre los hechos de la administración, y adecuados mecanismos para evaluar la calidad de la vida cotidiana, se pueden agregar ahora a la lista de asuntos que ya son objeto de manejo sistemático en el curso de la vida de nuestras ciudades.

La crisis misma que viven numerosas ciudades, en todos los continentes, es al tiempo una oportunidad para entrar de lleno a servirse de la tecnología como una herramienta útil a la configuración de nuevas y mejores formas de funcionamiento de conglomerados que requieren de una dosis muy alta de armonía entre sus diferentes elementos; esto es en cuanto hace a su relación con la naturaleza, la forma como los ciudadanos pueden vivir en ellas tanto en su dimensión individual como en su carácter de miembros de la sociedad, la calidad del hábitat individual y colectivo y la creciente convergencia de redes de variada naturaleza que deben servir de elementos de conexión y equilibrio para la vida urbana.

Pero no se trata, por supuesto, de predicar la alienación del criterio humano en favor de las máquinas, ni la sumisión a formas ideadas en culturas centrales que se valen de su poder creativo para imponer formas de acción en la periferia. Esto quiere decir que no puede haber un modelo único de ciudad inteligente, sino que detrás del uso adecuado de la tecnología es indispensable que haya personas inteligentes, capaces de ejercer liderazgo, auscultar las necesidades pertinentes, tomar a tiempo las decisiones adecuadas, establecer los límites entre la iniciativa humana y el rigor frío de las computadoras y sobre todo de anticiparse al futuro para prever lo que puede ser el rumbo de cada conjunto urbano.

Al mismo tiempo, el modelo de ciudades inteligentes requiere de una ciudadanía no solo integrada a los procesos de diferente índole que convergen en la vida cotidiana, sino capaz de ayudar a imaginar el futuro y orientar las acciones necesarias para hacer lo mejor para todos. Esto implica un cambio de actitud frente a los asuntos públicos, con mejor conciencia de la necesidad de pensar en el bien colectivo, impulsar organizaciones sociales capaces de hacer propuestas y actuar junto al Estado, sea para proponer o para cuestionar con ánimo constructivo en las materias que ya se han mencionado.

Las ciudades inteligentes están llamadas a convertirse, en su conjunto, en focos de poder en las más diversas dimensiones de la vida humana, en cuanto alojarán cada vez con mayor exclusividad los centros de poder de pensamiento, que es lo más importante, lo mismo que los centros de poder y de decisión en materia estratégica en los campos de la economía y la política, sin dejar de lado las posibilidades de seguir ejerciendo una influencia definitiva en el dominio de las artes, que se convierten en el vehículo por excelencia de la integración internacional de los ciudadanos y el surgimiento de una nueva realidad internacional que rompe todas las fronteras, justamente de manera intensa a través de nuevas tecnologías.

Seguramente la aversión al cambio o la trivialización del uso de los medios pueden ser obstáculos para el avance de nuestras ciudades en la dirección señalada. Por ello mismo conviene impulsar, desde todos los ángulos, las acciones necesarias para que los gobernantes y los ciudadanos actúen a tiempo para que no nos vaya a dejar un tren que marcha rápidamente y en el cual debemos tener un puesto adecuado.

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