Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En medio del desorden y la incertidumbre, el panorama del poder internacional estaría despejado y en espera de nuevas definiciones.
La inverosímil llegada de Donald Trump al poder, para pasar, en razón de las circunstancias, de negociante de finca raíz a líder mundial, tiene consecuencias que afectan el orden heredado de los acuerdos conseguidos luego de las guerras mundiales del Siglo pasado. Su proyecto internacional es exactamente, como diría él mismo si tuviera nociones del tema y lo pudiera ver desde lejos, un desastre. La consecuencia inmediata de ello es la de una alteración del juego cuando el jugador principal, sin tener claridad sobre las consecuencias, arrasa con el tablero.
El menosprecio por la OTAN, manifiesto en las recientes reuniones con sus colegas, implica el abandono real de un esquema inventado para beneficio de un bloque occidental que ya ha entendido que no puede contar con los Estados Unidos a la hora de pensar en su futuro. El retiro del Acuerdo de París sobre cambio climático implica el abandono de una causa en la que la participación de uno de los principales depredadores del ambiente tenía alta significación. La disputa permanente con los medios de comunicación, sin pena por el recurso a la mentira, parece constituir más una reacción epidérmica y desordenada que la consecuencia de un designio deliberado.
Algunos estiman que Trump pretende establecer un nuevo orden, y también una división del mundo, en torno al asunto de la energía. De un lado estarían los militantes del uso del carbón y el petróleo, y de otro los pioneros de la búsqueda de alternativas. Claro, los primeros agruparían a quienes son dueños de los recursos, los segundos a quienes pretenden reemplazarlos para liberarse de una dependencia inconveniente y defender el planeta como patrimonio común. El problema que esto conlleva, para los propios Estados Unidos, es que con esa división terminan rotos los acuerdos expresos y tácitos que hasta ahora habían permitido hablar de un bloque occidental. Declaraciones y actitudes de la Canciller alemana y del nuevo presidente francés, dan cuenta de esa realidad.
En medio de todo, a Trump debería reconocérsele que, por el motivo que sea, ha tratado de frenar la alocada tendencia de los medios occidentales a convertir a Vladimir Putin en un oponente digno de preocupación, interpretación que llega al ridículo de dar la impresión de que el presidente ruso fuese la resurrección del comunismo y de las pretensiones de la otrora Unión Soviética. Solo que la manera como el presidente americano y sus amigos han hecho la tarea ha sido también un desastre.
En una época en la que el “Estado Islámico” ataca sin piedad en ciudades europeas, que a su vez son capitales de anteriores imperios que oprimieron musulmanes, cuando comenzarían a aparecer represalias contra esa violencia en las mismas ciudades, cuando Corea del Norte tira impunemente misiles por encima del mar del Japón, China construye islas para fortalecer su presencia en los mares de su interés, Irán bombardea con misiles en Siria, y las Naciones Unidas prueban cada vez más su burocratismo y su insignificancia a la hora de resolver grandes problemas, los poderes tradicionales están también en crisis y en algunos casos parecerían en interinidad.
Theresa May parece que ya no pudiera más con el enredo que armó con la llamada a elecciones, el incendio de Londres y los ataques del terrorismo. Trump es investigado por posibles acciones indebidas. Angela Merkel está sometida al examen de nuevas elecciones. Y el propio Putin, invencible hasta ahora, afronta una especie de rebelión de nuevas generaciones que solo lo han visto a él en el poder, que reclaman contra los defectos de su régimen y que no tienen ni idea de quien fue Gorvachov. Para no hablar de las pequeñas potencias regionales, que miran hacia todos lados sin saber qué camino tomar. Regiones en las que, por ejemplo, Quatar ha sido llamado a juicio, Cuba vive metida impunemente en Venezuela, y el pretencioso Brasil de otros días se asfixia en su corrupción.
Todo parecería listo para que, con las fichas del tablero por el suelo, a alguien se le ocurriera, desde los recintos del poder, y con posibilidades de éxito, plantear un pacto internacional de gran envergadura equivalente al que Wilson puso en la mesa hace un siglo y que, al menos entonces, sirvió de esperanza por décadas que ya quedaron atrás. Con su triunfo arrollador en las elecciones francesas, Emmanuel Macron tal vez quisiera intentar el lanzamiento de nuevas ideas. Ningún líder del antiguo Tercer Mundo, por popular que fuera, tiene nada que decir.
Entiéndase bien: no es que venga a decir lo que hay que hacer y a vigilar su cumplimiento. Esa es una era que ya pasó y el peso de su país no le alcanza para tanto. En cambio puede hacer propuestas orientadas a un manejo multilateral de problemas complejos que no se pueden dejar en pocas manos. Si en este momento no lo hace, con base en la oleada de su popularidad, estaría perdiendo una oportunidad.