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Los hechos, en lugar de las palabras, pueden servir como mensajes por encima de idiomas, fronteras, credos y visiones políticas.
Basta con hacer ciertas cosas a tiempo, con la seguridad y la convicción que pueden emanar de quien ve las cosas desde lo más alto posible y en todas direcciones, para que el mensaje llegue a los lugares y las personas más insospechadas con nitidez que no requiere explicación.
La aventura del Papa Francisco en Turquía tiene tanto valor religioso como político. Detrás del empeño de avanzar en el diálogo inter religioso, su presencia en Estambul, Constantinopla, la otra ciudad eterna de los cristianos, lleva una enorme carga simbólica como mensaje de reconciliación y paz no solo hacia los musulmanes y los cristianos ortodoxos, sino hacia los gobernantes del extremo de Tracia y de Anatolia y los demás políticos y guerreros del Medio Oriente.
En esta época de convulsiones, marcada por el empeño de algunos fundamentalistas en definir otra vez por la fuerza el mapa de la región sobre la base de las diferencias religiosas, Francisco ha hecho presencia para reclamar los derechos elementales de los cristianos, minoritarios y a merced de fuerzas que ya han vuelto a editar acciones de violencia religiosa que se creían superadas.
Francisco en la Mezquita Azul, orando en silencio en compañía del Gran Mufti Rahmi Yaran, con la mirada en la dirección de La Meca, va mucho más allá de ser un momento de recogimiento y de coincidencia en las aspiraciones sublimes de dos jefes religiosos y lleva inevitablemente a pensar en cosas terrenales como la urgencia de dialogar en busca de una convivencia y una cooperación que trasciendan el episodio de esa breve sesión de oración el uno al lado del otro.
El encuentro de Jefes de Estado con el creciente y cada vez más poderoso Recep Tayyip Erdogan, promotor de un proyecto político que se apartaría rápida y azarosamente de la tradición laica de Atatürk, más que un gesto de cortesía fue un acto de entereza a favor de la libertad religiosa y el respeto por las convicciones de los demás. Algo que no sobraba que alguien se lo dijera a quien cada día avanza en el ejercicio de la autoridad política con el combustible de la remembranza de la identidad otomana y la reivindicación de los valores Sunitas. Pero el gesto que estuvo de lejos por encima de cualquier retórica de palabras, fue el de concurrir al mausoleo del Fundador de la Turquía moderna, en la ciudad de Ankara e inclinarse con respeto y bondad ante la tumba de quien protagonizó acciones tremendas de “limpieza” y expulsión en contra de los cristianos en la primera mitad del Siglo XX.
Al unirse en liturgia cristiana a Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, primero entre iguales entre los jerarcas de la Iglesia Ortodoxa, y por encima de la plegaria conjunta a favor de los cristianos que sufren ante el avance de los guerreros del “Estado Islámico de Siria y el Medio Oriente”, Francisco se manifestó a favor de la lucha para erradicar la pobreza, el hambre y la marginalidad, como el mejor medio para aliviar las tensiones que afectan al mundo de hoy. También este gesto tuvo el valor simbólico de insistir en dejar atrás episodios como el que protagonizó el cardenal Humberto de Moyenmoutier, secretario y protegido de León IX “El Reformador”, que se las arregló para excomulgar en el verano de 1054 al Patriarca Miguel Cerulario en un acto insólito y arbitrario que terminó por formalizar uno de los grandes cismas del cristianismo. Para no hablar de la toma de la ciudad cristiana de Constantinopla por los Cruzados, en 1204, cuando se comportaron como bárbaros, sentaron a una prostituta en la silla de los Patriarcas a cantar canciones obscenas y a lo largo de más de cincuenta años de ocupación se llevaron tesoros invaluables que hoy lucen cándidamente en sus plazas y sus palacios como si nada hubiera pasado.
Vista como un gesto exótico por los cristianos de Occidente y con recelo por los sectores conservadores y euro centristas de su propia Iglesia, lo mismo que por los fundamentalistas del islamismo radical, la visita de Francisco a Turquía lo perfila en todo caso como uno de los apóstoles de la no violencia que requiere el mundo de hoy. Creyentes o no, militantes de una u otra fe, ubicados en uno u otro lugar del espectro político, millones de ciudadanos de todos los países recibieron del Papa suramericano un mensaje de reconciliación que presta valioso servicio a la causa de la paz.