Cuando conducimos al revés

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En Colombia, orgullosos de estrenar carreteras de doble calzada, parecería que se impone la tendencia a conducir como en Inglaterra, o en la India; solo que las vías y los vehículos están diseñados para todo lo contrario. Vehículos lentos ocupan el carril izquierdo, en nuestro caso supuestamente el de alta velocidad, que debería usarse solamente para adelantar. Como si estuviéramos en el país que no es, y como si nuestros vehículos llevaran el timón a la derecha, la única forma de sobrepasar termina por ser usando el carril derecho, para nosotros de baja velocidad, donde encontramos vehículos de cualquier tamaño, unos lentos, de nuevo, y otros con el mismo empeño de acelerar. Los enredos de movilidad resultantes se convierten en factor de altísimo riesgo, del que todos nos deberíamos ocupar.

Las alarmas que se disparan después de cada puente festivo, debido a la accidentalidad, encuentran por lo general aparente explicación en la indisciplina y la falta de cuidado de los conductores, a quienes se ruega en todos los tonos no conducir bajo los efectos del alcohol, pero no mucho más. La realidad es que, así los conductores se hayan abstenido de consumir bebidas etílicas, por nuestras vías se circula sin obediencia a reglas claras, y se les usa como corredores donde cada quien termina por hacer lo que le parece; y lo que puede.

Las señales de límite de velocidad parecerían lo más cercano a un ideal alejado de la realidad. Quienes se tomen el trabajo de seguirlas rigurosamente tal vez lleguen a la conclusión de que no corresponden a las características de cada segmento del terreno y a las condiciones de los vehículos de hoy. Así, se corre el riesgo de que queden convertidas en regulaciones sin efecto. Como decía alguien: “regla precariamente concebida, premisa tácita para que no se cumpla”.

Las indicaciones sobre desvíos, cruces, ramales y distancias no resultan tan precisas como sería deseable. En lugar de contar con los puentes que permitan salir desde el carril lento, esto es el derecho, y hacer en condiciones de seguridad un retorno, luego de los correspondientes giros externos, existen entre nosotros, cosa exótica, unos retornos que se toman desde el carril de alta velocidad, para ingresar lentamente al carril también de alta velocidad del sentido contrario.  

Los puentes peatonales, que deberían ser numerosos, no van acompañados de barreras que obliguen a usarlos, de manera que la osadía y el “sentido práctico” de los usuarios, además de la tradición de no respetar las normas, llevan a que justo bajo cada puente se siga atravesando la vía de cualquier manera, sin consideración por la propia vida ni por la de los demás. Para no hablar de señales que “ordenan” reducir súbitamente y de manera drástica la velocidad, debido al paso de personas, por lo general niños de nuestras escuelas, como si con eso se estuviesen de verdad defendiendo su su vida y su seguridad.

Los pasos por áreas urbanas, sin la correspondiente regulación del uso del suelo ni las delimitaciones necesarias, terminan por convertir tramos de carreteras en calles urbanas donde no manda nadie. Por eso son como ríos que amenazan a habitantes y transeúntes, ante la impotencia de autoridades locales que parecerían no tener cómo establecer, y mucho menos hacer cumplir, regulaciones y sanciones adecuadas.

Todo lo anterior, sumado al uso indiscriminado de los carriles, le pone a la circulación en nuestra carreteras dificultades y obstáculos demasiado frecuentes y de alta peligrosidad, que llevan a que, aun sin cometer excesos, todo conductor se vea obligado a reaccionar ante situaciones que no se presentarían si se hicieran respetar unas reglas mínimas de circulación que no solo darían fluidez, sino que evitarían peligros innecesarios.

El control del fenómeno cotidiano de la circulación, que se ha vuelto tan complejo, hace necesario tener en cuenta muchos factores y obliga a la intervención de diferentes autoridades. También exige la combinación de regulaciones adecuadas, con la capacidad para hacerlas cumplir, el ejercicio de una pedagogía idónea y, por supuesto, la colaboración y la buena voluntad de la ciudadanía.

Todo lo anterior, y seguramente muchos elementos adicionales, que los expertos seguramente conocen, debería formar parte de una política practicable de seguridad vial, que no solamente serviría de oportunidad de convivencia social en los escenarios públicos, sino que salvaría muchas vidas. El ejercicio de una acertada capacidad regulatoria debería contar con el complemento de una activa vigilancia móvil, que disponga de elementos adecuados para obligar a que nuestras carreteras se usen de manera ordenada, conforme a unas reglas elementales. La primera de ellas, como sucede en cualquier lugar del mundo, consiste en que el carril de alta velocidad, esto es el izquierdo, se utilice solamente para adelantar.

Para quienes los referentes internacionales resulten importantes, no sobra tener en cuenta que la pretensión de entrar a formar parte de grupos de países con prácticas de vida de altos estándares encontraría en el caso de nuestras carreteras, y de su uso, un obstáculo significativo. Si los calificadores de nuestras condiciones de movilidad tuvieran oportunidad de viajar por el país y vieran cómo hacemos uso de nuestra precaria infraestructura, no solo verían en peligro su vida, sino que quedarían espantados de la aventura que significa viajar por nuestras mejores carreteras.

Es muy posible que el cumplimiento de unas reglas claras y elementales en la materia encuentre entre nosotros muchas dificultades, por la sencilla razón de que el esfuerzo implicaría cambiar usos y costumbres que se han vuelto cultura y por eso precisamente son difíciles de erradicar. Pero ese no debería ser motivo para no acometer la tarea. Se trata de defender nuestra seguridad y nuestras vidas.

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