Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En los países más insospechados, el Estado ha tenido que dedicarse a extender una sombrilla que proteja a los consumidores de los abusos del sistema financiero.
El tema será objeto de discusión en la próxima reunión de los veinte más poderosos, porque a todos preocupa que algunos sectores de la superclase de los banqueros siga en el festival de premios a su ingenio por inventarse negocios complejos, en muchos casos sobre supuestos intangibles, que además de producir ganancias inflan burbujas como la que estalló hace un año para generar la peor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial.
Al cabo de un proceso que algunos previeron desde el Siglo XIX, los refinamientos del sistema capitalista, en su fase sofisticada de complejidades financieras, llegó a la invención de figuras alejadas de cualquier sustento en las fuentes tradicionales de valor y de riqueza. Dichas figuras, expresadas en propuestas especulativas, por lo general comprensibles tan sólo para sus inventores y beneficiarios, produjeron un tinglado de artificio, o mejor una burbuja, que tenía que reventar y llevarse de paso el funcionamiento de todo el sistema, en desarrollo de una crisis que obligó los Estados a intervenir, con la plata de todos, en tarea de salvamento.
A pesar de la potestad de vigilancia que originalmente les asiste, los Estados líderes del mundo capitalista se habían mantenido por lo general ausentes de un control estricto de todas las actividades de los bancos y en especial de ciertas actividades subsidiarias de las instituciones financieras. Seguramente lo hicieron como seña de ratificación de esa confianza que es necesaria para que alguien se ocupe del oficio bancario y tenga el privilegio de trabajar con la riqueza de los demás. Confianza que, a juzgar por los hechos, en los episodios recientes dejó de existir.
En ejercicio de un liderazgo de causas ciudadanas, con implicaciones no sólo en su país sino hacia el conjunto del sistema internacional, el Presidente Obama ha advertido a los grandes banqueros sobre la urgencia de no reiterar los excesos de los que fueron responsables. La advertencia de Obama lleva una carga enorme de realismo, de valor y de oportunidad. Porque si los protagonistas de maromas y abusadores de privilegios vuelven a sus andanzas, ignorando lo que acaba de pasar, es previsible que, conforme a la lógica del sistema, se emprenda el camino hacia una crisis todavía mayor.
Como consecuencia de la admonición presidencial, en los Estados Unidos se está pensando en establecer una nueva agencia, dedicada exclusivamente a la protección de los consumidores, porque se cree tal vez que la Reserva Federal, pasado el chaparrón de la crisis que ahora termina, no se ocupará de actividades humanitarias, como pueden ser vistas las orientadas a defender el bolsillo de los ciudadanos del común. Semejante decisión implicaría sin duda un cambio radical en materia institucional, y podría ser imitado en muchas partes. Aunque no se sabe qué tan lejos vaya cada uno a llegar. Pero, comenzando por Gordon Brown, parece que en todas partes cunde la misma preocupación y no será difícil encontrar puntos de consenso para actuar. Sólo que todos deberán ser muy cuidadosos, porque sacudir a los bancos no es empresa fácil. Y porque, cuando los banqueros se resienten, tienen con qué sacudir otras instancias, a su vez.
Es preciso suspender a tiempo el espectáculo de algunos de los actores del sistema económico haciendo jugadas que ponen en riesgo a todo el mundo y por cuyas aventuras tenemos todos después que pagar. Tales actos deben ser considerados como atentados de amplias proporciones en contra de la seguridad de la sociedad, en cuanto la empobrecen y conllevan al malgasto de la riqueza colectiva, además de defraudar la confianza que es elemental en el funcionamiento de los sistemas bancario y financiero.
Las redes sociales de acción colectiva tienen ahí una tarea importante por realizar, conminando a los gobiernos a que controlen nuevas desviaciones de quienes obran en el sistema. También los ciudadanos organizados pueden actuar de manera directa, mediante algunos de los múltiples mecanismos de acción no violenta, de cuyo poder aún muchos no se han dado cuenta, pero cuya utilización constituye, como lo advierten Peter Ackermann y Jack Duvall, una fuerza más poderosa. El tema merece la mayor atención en los países en desarrollo, que como resultado de la crisis 2008 – 2009 han visto aumentar el número de sus pobres en cincuenta y tres millones de personas. Lo que exige unas cuantas medidas orientadas a restablecer la confianza que se perdió.