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Deriva hacia la vulgaridad

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El espectáculo de las campañas presidenciales de los Estados Unidos afecta el tono de la contienda política en países latinoamericanos que mantienen ilusiones democráticas pero no dejan de mirar hacia el norte.

Desde que el debate entre Richard Nixon y John Kennedy se metió en los hogares de millones de personas por la ventana de la televisión, en un momento ya remoto para las nuevas generaciones, se desató una carrera a lo largo de la cual la forma de las campañas políticas ha evolucionado hasta convertirse en una ciencia aparte. Con elementos prestados del mercadeo de productos de la canasta familiar, mas los insumos de estudios estadísticos que auscultan lo que la gente quiere escuchar, y con base en ello formular la dosis perfecta del mensaje que pueda tener mejor efecto, las campañas se fueron convirtiendo en espectáculos susceptibles de apuestas dignas de cualquier campeonato de un deporte relativamente popular.

El mundo occidental, con la inclusión de aquellos países que no se encuentran en el hemisferio pero militan en su modelo cultural, ha sido permeado por el esquema bajo el cual las imágenes tienden a valer mucho más que las palabras y cada slogan, como trino de no más de veinte caracteres, pensado en inglés, pretende animar los espíritus en torno a soluciones escasas de profundidad y cargadas de espectáculo, en ejercicio de tremendo esfuerzo de manipulación. Todo para conseguir la euforia momentánea de un público que después de todo no participa en el resto de los episodios de la vida política, pero se conforma con producir gobiernos que resultan de precaria legitimidad, en medio de una ostensible apatía mayoritaria, marcada por el desencanto respecto de la clase política.

Para colmo de males, en uno que otro país florece un extraño goce a la hora de hacer campañas que se parezcan lo más que se pueda a las de los gringos. Entonces se hace gala de sumisión a parámetros ideados para manejar las cosas de allá, como si tuvieran valor universal. Sin rubor alguno, los mercaderes del modelo en boga se cotizan en la bolsa de los promotores de campañas en el seno de sociedades cuyos problemas se pretende tratar con con recetas que no les corresponden. Como decía un profesor de política, es como obligar a alguien a llevar prendas que no se ajustan a su talla, pues lo importante es estar a la moda.

Mantenerse a la ofensiva, descubrir y explotar los puntos débiles de la historia personal del contrincante, conocer los defectos propios y ocultarlos o justificarlos con cuidadosa premeditación, apelar a un lenguaje tan elemental que resulte comprensible para todos los públicos, memorizar y disparar mensajes de no más de siete segundos, no dejar pregunta sin una respuesta que suene más o menos bien, aprovechar cualquier oportunidad para hacer pasar el mensaje deseado respondiendo lo que se quiera, y sonreír sin pausa en toda circunstancia, todo con el común denominador de “alimentar la bestia de los medios”, son algunos de los elementos del arsenal de campaña que aparta a los ciudadanos de la discusión sobre problemas de fondo y de las explicaciones que deben dar los candidatos.

El populismo, de cualquier origen y tendencia, encuentra en los anteriores postulados un terreno particularmente fértil. Si aparece un buen “agente”, capaz de transgredir las normas no escritas de la decencia y del respeto por instituciones de la sabiduría convencional y plantear en público cosas chocantes de las que entusiasman los instintos más elementales de acción contra el perezoso orden establecido, las posibilidades de “avance” de la causa del protagonista son enormes. Si hace bien la tarea de combinar el derribo de barreras tradicionales y la presentación de propuestas a la vez agresivas y simples para arreglar problemas que nadie ha podido solucionar, muy posiblemente será capaz de producir una especie de adicción de la cual la primera víctima serán algunos agentes de los medios de comunicación, ávidos de contar cosas extraordinarias y de asombrar a su audiencia con noticias que le sacudan el alma a la gente, sea porque le gustan o porque le molestan. La adicción de sectores populares vendrá por añadidura.

Ahora que la vulgaridad ha irrumpido con energía contundente y sin pausa, y se ha convertido en marca, al ritmo del espectáculo continuado de Donald Trump, que no solo encanta a gringos fanáticos y despistados sino que alimenta a diario la máquina de medios ávidos de noticias picantes, ya veremos lo que nos espera en el “debate” político que se avecina en una u otra comarca, por lo menos en el resto de las Américas, bajo el liderazgo de promotores estériles a la hora de inventarse formas propias de animar la discusión política propia. Los efectos de esa deriva hacia la vulgaridad amenazan con convertir cada campaña en una pesadilla para la transparencia, un alejamiento de la discusión constructiva sobre el destino de cada pueblo y un obstáculo para el avance hacia instancias más avanzadas de democracia. 

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