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Ante la amenaza de un enemigo común, la humanidad, en cabeza de los representantes de diferentes Estados, debería dar ejemplo de unidad y evitar la deriva hacia el autoritarismo o hacia algo todavía peor, como el nacionalismo autoritario. También debería aprovechar la oportunidad para avanzar, por su cuenta, en términos de solidaridad.
El mundo necesita en este momento líderes prudentes, firmes, y también visionarios, capaces de transmitir a la población los sentimientos que se requieren no solamente para afrontar con serenidad un problema común, sino para entender que no se trata del fin del mundo, sino de un episodio que, por difícil que sea, se puede superar.
Desde el punto de vista de la práctica del ejercicio del poder, las circunstancias son propicias para que se pongan en evidencia las condiciones y características de uno u otro gobernante. También pueden ser escenario que facilite no solamente imprecisiones sino atentados contra la verdad, desconocimiento de evidencias e interpretaciones sesgadas de los hechos, sino inclusive el asomo de rasgos autoritarios que terminan por degradar los niveles de la democracia y la institucionalidad.
Ante las emociones populares, mezcla de temores, ilusiones y esperanzas, todo lo que se haga por parte de quienes tengan en sus manos poder del Estado, adquiere ahora más importancia que en otros momentos. De ahí que las imprecisiones, las mentiras, o cualquier desvarío autoritario en el que se incurra desde la cumbre del poder, pueden traer consecuencias funestas para distintos grupos de personas que podrían eventualmente recibir el impacto de reacciones indebidas por parte de los gobernantes.
La deriva hacia la imprecisión, o la falta de fidelidad a la verdad, pueden ser los primeros peligros a la hora de reaccionar ante un enemigo común. Toda imprecisión, y mucho más todavía cualquier mentira, son desaciertos que más pronto que tarde se ponen en evidencia. Entonces, como suele suceder cuando la verdad y la mentira entran en juego, el prestigio, la respetabilidad y la confiabilidad de los gobernantes estarán particularmente en tela de juicio para tomar nuevas decisiones relacionadas con la defensa de la salud, y de la vida, de los habitantes de un territorio, cualquiera que sea su condición. Cualquier gobierno, maltrecho por haber incurrido en ese tipo de equivocaciones, difícilmente puede recuperar su autoridad.
La deriva hacia el autoritarismo, tentación que puede encontrar terreno abonado en el temperamento, la debilidad de carácter o las limitaciones insuperables del poder de los gobernantes, constituye el otro gran peligro que pueden correr los pueblos cuando se requiere de decisiones tomadas bajo presión, que de no resultar atinadas pueden poner en peligro la igualdad como valor democrático. Llámese oposición política, inmigrantes, transeúntes, visitantes, disidentes, o desprotegidos por la fortuna y por la falta de cubrimiento de los servicios sociales, el conjunto de los damnificados como consecuencia de los desaciertos de un gobierno, puede llegar a ser significativo. Pero, más aún, por encima de los números, es posible que se produzcan efectos perversos, representados en la vulneración de valores democráticos elementales.
Tal vez la virtud más sobresaliente de los gobernantes, que resulta puesta prueba bajo las presentes circunstancias, sea la de saberse anticipar. La de tomar decisiones oportunas, con suficiente visión para que, gracias a sus aciertos, se eviten tragedias. Siendo la principal tragedia la de la eventual impotencia del Estado para responder a las necesidades de atención de un problema generalizado de salud, para lo cual normalmente la infraestructura y todos los medios disponibles resultan escasos. Debilidad que puede terminar en el espectáculo indeseable de la extinción, inatajable, de parte de la población.
Es posible que, ante la contundencia diaria de otras enfermedades, más letales que las del virus cuyo nombre, a su vez constituido en virus informativo, tiene invadidos todos los medios de comunicación, formales y demás, el que ahora nos tiene en cuarentena no sea el más peligroso. Pero el hecho es que su presencia ya ha sido capaz de desestabilizar al mundo entero. Y es frente a esa evidencia que se pone de manifiesto nuestra obligación de no caer en la peor de las derivas, más peligrosa que las de las posibles fallas de los gobiernos, como es la del desánimo generalizado, el pesimismo, la derrota anticipada y la rendición.
Nuestra sociedad está a prueba. Las experiencias de gobiernos y pueblos ajenos nos tienen que servir de referentes, a todos, para no incurrir en equivocaciones como las que ya se han cometido. No solamente debemos apoyar a nuestras autoridades sino comprenderlas. Criticarlas sanamente y al tiempo proponer medidas. Pero, sobre todo, creer que con disciplina y solidaridad saldremos adelante de este trance que, como otros, pone a prueba nuestra fuerza como sociedad. Una sociedad que, en medio de tremendas dificultades, ha aprendido a avanzar por su cuenta. Y que ahora está retada en su capacidad de resistencia, disciplina y solidaridad.