Publicidad

Desmayados por los Kim

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La adquisición del poder político por la vía hereditaria no solo es un atentado contra la democracia; también lo es contra el sentido universal de la educación y contra las ilusiones de la juventud.

Volver a considerar la sangre como fuente de poder es dar unos cuántos saltos atrás en el progreso de las instituciones, cualquiera que sea el régimen político dentro del cual se instaure la costumbre de asegurar el mando en manos de una familia. La educación adquiere un sentido distinto cuando ya se sabe que no constituye un camino válido para llegar a la cumbre. ¿Qué enseñar, y dentro de cuáles límites, cuando ya se sabe que en el seno de cierta familia o donde ella lo estime conveniente, se educarán sus vástagos para llevar más tarde el timón?¿Para qué y por cuáles funciones competir, si las del supremo comando de la sociedad están ya reservadas? ¿Qué ilusiones abrigar cuando se es joven y se tiene vocación política, si caben todas, menos las de llegar a gobernar? Las civilizaciones orientales han reiterado la costumbre de la dedicación de cada familia a un negocio en particular. Por ese camino, claro está, quien crece viendo cómo hace su padre el oficio, porque la línea de sucesión es paterna, terminará por lo general haciéndolo exitosamente, porque, dicen, de algo tiene que servirle el haber visto cómo se hacen las cosas, bien o mal, circunstancias ambas de las cuales se debe aprender. Muchos negocios de familia se convierten en prósperas actividades que unen a los miembros de un clan, lo caracterizan y lo defienden. Y eso no está mal, si surge del esfuerzo honrado de fundadores capaces de concebir un proyecto y realizarlo con posibilidades de perdurar. Pero la gestión de los asuntos del Estado no puede entrar dentro de esa categoría, es decir dentro de las actividades ejercidas por una misma familia, porque allí el interés no debe ser el del grupo familiar sino el de la comunidad. La naturaleza del oficio aquí es distinta, y justamente el haberla quitado de las manos exclusivas de una u otra familia representa uno de los mayores logros políticos de la humanidad. Tanto lo han entendido, al menos en Occidente, las familias que en otras épocas ejercían el poder, que ahora se enorgullecen de no reclamar más que una presencia simbólica en la vida pública, que no tiene que ver con la voluntad popular expresa sino tácita. Les está vedado salirse de un marco estricto de limitaciones en favor de quienes gobiernan, que son otros, elegidos popularmente, y que orientan a cada país en una u otra dirección. Hafez al Assad se murió luego de 29 años en el poder, pero de antemano había decidido convertir a su hijo Bashar de oftalmólogo en estadista, para que se encargara de gobernar por década y media antes de terminar abaleando a su pueblo sin piedad como única respuesta a los problemas públicos por parte de un heredero indigno de su nación. Ahora se prepara el tercero de los Kim para tomar el poder en Corea del Norte. Otra curiosa República que se denomina democrática y popular pero a juzgar por los hechos, que es lo que vale, ha entronizado, como sucede en otras de su misma índole, una familia gobernante, sin el menor pudor. ¿Qué pensarían, y qué esperarían, millones de sirios o de coreanos cuando supieron que la sucesión en la presidencia ya estaba arreglada en favor del hijo del que se murió? ¿Qué se enseñaría en las escuelas sobre el sistema político y cómo se explicaría la sucesión? ¿Cuánto resentimiento albergaría el corazón de millones de jóvenes al saber que estaban, por definición, excluidos de la competencia por el poder, que vive abierta en tantas partes, bajo cualquier sistema, pero que se cierra cuando aparece el anacrónico culto por las dinastías como un palo en la rueda del avance de la sociedad hacia una realidad más igualitaria de verdad, nivelada por lo alto, como sería lo más deseable? Si no fuera Assad, el oftalmólogo de Siria no estaría donde está. No faltará, porque nunca falta, quien diga que en verdad es un personaje maravilloso e inteligente que se ha hecho solo y que el ser hijo de su padre es algo que sólo juega en su contra, pero que tiene todos los merecimientos porque le queda todo más difícil. Lo dicen en todas partes y lo dirán también de los Kim. Pero ellos tampoco estarían donde están sin ese primer escalón, el definitivo, que no es otro que el de su origen y su pertenencia a la familia. Las cosas no se hubieran resuelto en su favor por encima de millones de personas mucho mejores, sino fuera por la influencia política de algún habilidoso jefe que, a punto de caducar, resuelve en el colmo de su delirio que el único capaz de gobernar es un pariente suyo, y nadie mejor que su hijo. Quedan entonces en muchas partes luchas democráticas por adelantar en busca de la verdadera y anhelada plataforma de la igualdad, que es nada menos que uno de los pilares fundamentales de una sociedad democrática. La educación tiene que seguir teniendo validez para todos como aspirantes iguales en la carrera por el poder. Y las aspiraciones de los jóvenes no pueden ser frustradas sobre la base de la limitación que representa la irrupción en el escenario de algún hijo del poder.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido