El buen provecho del olvido

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Existen en Colombia comunidades que supieron sacar provecho del olvido y protagonizaron, por su cuenta, y desde antes de nuestra experiencia republicana, un proceso que les ha llevado de la pobreza a un bienestar aceptable. La nación debería profundizar su confianza en esas comunidades, como pilar de nuevos desarrollos democráticos.

Cuando se discute sobre el “golpe de Estado” que ampliaría el período de los actuales alcaldes, solo se hacen cuentas sobre la base de los intereses y la mejor conveniencia de la clase política, con la posibilidad, mencionada por algunos, de que la unificación electoral traslade malas costumbres, como la “mermelada”, del nivel nacional al local. Los asuntos fundamentales de los municipios, y en particular de las aldeas de Colombia, quedarían en segundo plano.

En lugar de avasallar desde Bogotá la voluntad popular, expresada en las urnas por los habitantes de cada circunscripción municipal, sería mejor suministrar una mayor dosis de autonomía y democracia al proceso de fortalecimiento y consolidación del modelo de Estado descentralizado que predica la Constitución.

Para que lo anterior sea posible, es preciso reconocer los méritos de nuestras comunidades locales y encontrar en ellas fuentes de sabiduría democrática que pueden sustentar un proceso político que mantenga su autonomía y refuerce sus capacidades de progreso sobre la base de los intereses que les son propios.

La gestación de muchos de nuestros municipios actuales se produjo desde antes del proceso de la Independencia. Mestizajes de toda índole tuvieron lugar a lo largo de decenas de años en parajes escondidos, en donde el tránsito a la vida republicana fue apenas un hito dentro del proceso en el que avanzaron a lo largo de los siglos XIX y XX, a pesar del centralismo.

Ciénega, por ejemplo, enclavada en la provincia de Márquez, vio la luz en calidad de ente territorial como parte de la última tanda de fundaciones virreinales, ratificada por Simón Bolívar entre los primeros actos en su condición de presidente de la naciente república.

Como en cientos de municipios colombianos, allí se desarrolló desde entonces la historia paralela de una organización institucional precaria y una dinámica social arrolladora, proveniente de un proceso más antiguo, cargada de sentido común y deseo de progreso, a pesar de dificultades de toda índole, incluidas las deficiencias del Estado.

Al ritmo de las necesidades, y los esfuerzos, de gente que supo entender desde un principio que su destino estaba en sus propias manos, y que su avance o su infortunio dependería de su laboriosidad y su ingenio, se hicieron presentes las virtudes de la reciedumbre necesaria para desarrollar sus propios pequeños proyectos, sin perder el rumbo.

Como cada municipio que hubiese vivido el proceso de la Independencia, su historia estuvo relacionada con mártires de la causa, en este caso José Cayetano Vázquez, fusilado en Tunja, que les dieron credenciales de valor simbólico, como recuerdo del ritual de paso a la era republicana, que no se diferenció en mucho de la colonial.

Así, casi hasta terminar el siglo XX, con la excepción de los concejales, los poderes que gobernaron la vida local fueron designados por autoridades centrales. La acción ciudadana se limitaba a la concurrencia a las urnas, en ejercicio de un ritual bastante inocuo en cuanto al destino local, aunque útil para la conformación de los poderes nacionales. Para saber que la retribución por haber obrado en uno u otro sentido fue en muchos casos la del contagio de la discriminación o la violencia.

Para sobrevivir y progresar un poco, cada quien tuvo que inventarse formas de vida familiar y de actividad económica, en contra del aislamiento, con uno que otro impulso externo, mirado como obra de beneficencia.

La inteligencia de los cieneganos, como la de los habitantes de tantos otros municipios de Colombia, les permitió, en este caso desde las entrañas de Boyacá, vincularse a circuitos económicos mayores, así fuese de manera precaria. Pero nada más útil que la voluntad de hierro de nuestra gente de provincia para aprender de la experiencia y perfeccionar fórmulas de supervivencia y de prosperidad.

Las parcelas de una región de minifundio se convirtieron en pequeñas empresas de familia que no solo consiguieron el autoabastecimiento, sino que dinamizaron la vida local y se integraron a escenarios más amplios. Con la misma lógica surgieron empresarios triunfantes dentro de la complejidad de la actividad económica de las grandes ciudades, como lo atestigua la existencia de iniciativas de origen provincial y de toda procedencia en la capital de la República.

Un cierto fervor por la educación, como medio de liberación de los espíritus, se puede hallar en la raíz de sagas de éxito en familias que por ese camino presentan mutaciones que pueden atestiguar los mejores resultados. También la migración, no solamente de la vereda a la aldea y de esta a las ciudades, sino de Colombia hacia el mundo, da testimonio de un deseo irrefrenable de descubrimiento y de progreso.

Como denominador común ha existido en ese, como en otros muchos municipios de Colombia, un entusiasmo por la vida en el que radica una de las claves de nuestro mejor futuro. Por eso resulta irrespetuosa de ese futuro y de la confianza que hay que tener en los valores y posibilidades de la Colombia profunda la idea de abusar del poder para alterar desde Bogotá, con argumentos peregrinos, el curso señalado por una voluntad popular que se puede haber equivocado en uno que otro caso, pero que es la que debe determinar el destino de nuestros municipios.

Los 200 años de vida municipal de Ciénega, celebrados la semana pasada, así como las realizaciones de la vida de muchos otros municipios colombianos, merecen el homenaje de respeto de toda una nación, que se comenzó a formar precisamente en los escenarios rurales y aldeanos, desde antes de la Independencia, como ya se dijo.

Hay que reconocer los méritos de quienes han sabido sacar provecho del olvido y, sin esperar a que les arreglen desde fuera los problemas, han podido demostrar de lo que son capaces. De ahí que el destino de nuestra precaria democracia esté atado a la voluntad y la sabiduría que le podamos imprimir a la armonización entre la calidad de la vida local y las decisiones políticas que cada quien deba tomar. No necesariamente a la unificación de las elecciones municipales con las del nivel nacional, que obedecen a otra lógica.

A la búsqueda de esa armonía debemos dedicarnos, siempre dentro del respeto por una autonomía municipal que es necesario preservar y fortalecer. Esa tal vez sea la clave para dejar como cosa del pasado el aprovechamiento indebido de nuestro esquema de instituciones democráticas por parte de los abusadores de la institucionalidad. También la clave para que, hacia el futuro, el común denominador del ejercicio de esa democracia sea el acierto en la escogencia de sus autoridades.

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