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Los alcaldes elegidos de Bogotá han obtenido por lo general el apoyo de una preocupante minoría. La aparente precariedad de sus credenciales no es sin embargo culpa de ellos, porque todo lo que han hecho como candidatos es someter su nombre, y un programa, a la consideración pública.
Otra cosa es que los ciudadanos hayan decidido sufragar en baja proporción, o que por apatía se hayan abstenido, ya que si no les gustaba ninguno de los candidatos habrían podido votar en blanco, que es una forma válida de manifestar voluntad política.
La abstención en las elecciones de Alcalde Mayor conduce a que la decisión sobre la persona que ha de gobernar la ciudad quede en manos de unos pocos que sí se toman el trabajo de votar. Sea que lo hagan conforme a prácticas tradicionales de enajenación del voto, sea porque se interesan de manera auténtica por ejercer a conciencia la cuota de poder ciudadano que les corresponde, los números no alcanzan para conferir un buen respaldo a la correspondiente gestión. De manera que la marcha de la ciudad, bajo la conducción de un Alcalde que llega al puesto en medio del desinterés general, se ve afectada por la debilidad del mandato conferido.
Lo paradójico es que a la hora de los reclamos, del malestar y de las quejas, buena parte de los abstencionistas resuelve entonces sí “participar” y contribuir a la generación de un ambiente de desazón que los medios tradicionales de comunicación y las redes sociales terminan por multiplicar, así actúen con las mejores intenciones y se limiten a difundir hechos verídicos. Los encuentros en el espacio público parecen más una competencia desordenada por cada metro de calle que una convivencia pacífica. El estado y la forma de uso de la pobre infraestructura de la ciudad no ayudan en nada. Todo esto atenta contra el buen ánimo colectivo y convierte a la ciudad en escenario de molestia de la que se tiende a culpar al alcalde de turno.
Si los ciudadanos quieren que todo esto cambie, deben recordar que tienen en sus manos la llave de la solución, que no es otra que la de elegir un alcalde con un mandato amplio y comprometerse con el desarrollo y el éxito de su proyecto. Para ello los candidatos deben ser sometidos a un examen riguroso a la hora de la campaña. Es justo en este momento cuando se debe establecer si los candidatos saben de qué están hablando al proponer su nombre para gobernar la ciudad, si están apenas en los afanes de hacer un curso acelerado de asuntos urbanos para hablar de lo que no saben, o si cabalgan sobre la vieja tradición de consecución de votos en la bolsa del endoso de supuesta voluntad popular.
En ese orden de ideas, y en la medida que todos los candidatos, hasta ahora conocidos, a la Alcaldía de Bogotá, fueron hace poco candidatos presidenciales, valdría la pena que los ciudadanos revisaran las propuestas que entonces hicieron a propósito del destino de la ciudad, como debe ser obligación política de todo Presidente de la República. La idoneidad de las propuestas, o el no haberse manifestado sobre el particular, podría ser una señal a tener en cuenta a la hora de votar.
Resulta infortunado que las reglas para la elección de quien ha de ocupar la alcaldía de la capital de Colombia no hayan sido diseñadas de manera tal que fuese preciso contar con un apoyo ciudadano lo más sólido posible para gobernar; por ejemplo con la exigencia de una segunda vuelta que obligara a una reagrupación de fuerzas para evitar la falta de sustento político del mandato de quien por ahora, de una vez, puede acceder al poder con el voto de una pequeña fracción del electorado. Pero el hecho de que dichas reglas no existan no puede ser excusa para que la ciudadanía no participe y no ejerza el poder que tiene en sus manos.
Si bien dentro de las reformas políticas que a cada rato se proponen se podría exigir doble vuelta o algún mecanismo conducente a la obtención de mayor apoyo para quien ha de gobernar la Capital, con la opción en todo caso de votar en blanco, lo que hay que hacer por ahora es ejercer a cabalidad la ciudadanía. Al destino de Bogotá, y al estado de ánimo de sus habitantes, no les conviene permitir que, con motivo de las elecciones del 25 de octubre, vuelvan y jueguen primero la apatía y luego la “criticadera” y la descalificación por parte de quienes tienen exclusivamente en sus manos el poder para que no se repita el espectáculo de los mandatos precarios y se evite que el fantasma del alcalde minoritario vuelva a rondar por la ciudad.