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Unas instituciones estables y dignas de confianza están llamadas a ser el mejor marco para conseguir y asegurar la paz en una sociedad en conflicto.
El diseño de un escenario abierto de discusión y trámite de las aspiraciones de todos los sectores de una nación sumida en conflagración interna es una tarea enorme y de gran responsabilidad. Para tener éxito en ese empeño es preciso deshacerse de las vanidades y las aspiraciones de grupo y llegar a acuerdos tan respetables y acertados que no permitan que las instituciones puedan ser manoseadas y modificadas bajo el impulso de intereses sectarios en el corto plazo, porque con ello se pospone la solución de los problemas y se juega con la estabilidad y la viabilidad misma de un Estado y de un país.
Una situación ostensible de desgobierno que data de 1991, ante la mirada estupefacta del mundo, parecería estar tocando a su fin, luego de la posesión del Parlamento de Somalia, en un esfuerzo por dar un paso adelante luego de cumplido el mandato de un ?Gobierno Federal de Transición” que de manera precaria y con el apoyo de las Naciones Unidas trató de sostener lo que pudiese quedar del Estado fallido en el que resulta ser tal vez el más desbaratado de los miembros de la comunidad internacional.
Escogidos de manera sui generis por parte de los ciento treinta y cinco ancianos u hombres sabios más representativos de las cuatro etnias de la nación, y filtrados por expertos para establecer sus capacidades como legisladores, al menos doscientos cincuenta somalíes, mujeres y hombres, juraron sobre copias del Sagrado Corán como miembros de un parlamento que comenzará a funcionar de inmediato y tratará de darle una nueva forma institucional a un Estado que dejó prácticamente de existir hace poco más de dos décadas.
El procedimiento de selección de los miembros del parlamento ha sido objeto, naturalmente, de críticas por su forma antidemocrática en estricto sentido, porque la voluntad ciudadana no apareció por ningún lado en el proceso que, se espera, continúe con la elección de un primer ministro e idealmente de un nuevo presidente de la república, lo que muchos dudan se pueda llegar a conseguir, por cuanto quedan todavía por fuera del juego poderosos clanes, como el llamado Al Shabaab, de orientación islámica radical, que tienen la capacidad de echarlo todo a perder. Y porque no es seguro que el actual presidente, Sheikh Sharif Sheikh Ahmed, se allane a entregar siquiera el palacio presidencial, mientras no quede plenamente satisfecho con la composición del nuevo esquema de poder.
No obstante, por precario que sea el experimento, y por dudoso que sea su porvenir, son muchos los somalíes que esperaron por este día que pretende marcar el inicio de una nueva era y constituye un avance importante en el camino a la reconstrucción del estado, luego de que desde 1991 colapsó el último gobierno central y el país pasó a vivir una sucesión inenarrable de enfrentamientos e intentos de control por la fuerza, mientras el crimen y la anarquía se convirtieron en los signos de la vida nacional.
La ingeniería institucional del nuevo estado será difícil de conseguir, pero el proceso, luego de tantos incidentes, tiene al menos el respaldo de la comunidad internacional, que antes del experimento del régimen de transición vio frustrados todos sus esfuerzos por controlar la situación en un país de particular significación en el cuerno de África y cuya inestabilidad y descontrol ha prohijado fenómenos contemporáneos, como el de la piratería, para mencionar el más publicitado, que causa una disrupción de proporciones importantes en el comercio marítimo mundial.
El tránsito de un sistema apoyado por las Naciones Unidas a un régimen que signifique el comienzo de unas instituciones legítimas y representativas, bajo el imperio de la ley, es el reto de los somalíes, como lo ha señalado el representante especial de la ONU en el país. Lo demás corre por cuenta de quienes deben cumplir con el deber de incluir a todos los sectores de la sociedad, dejando de lado sus propios intereses, para que las instituciones que salgan de esta angostura sirvan de marco a un auténtico proceso de reconciliación. Aunque las opciones de éxito de semejante experimento son muy limitadas, es preferible que existan señas de movimiento hacia la paz y la estabilidad, en un país que ha sido el prototipo de los estados fallidos, y es de esperarse que las fuerzas que se acostumbraron a tramitar sus intenciones por la vía de la fuerza no terminen por imponerse otra vez.