Empresario contra presidente

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Uno de los contradictores más difíciles de manejar para el nuevo presidente de los Estados Unidos va a ser el empresario que lleva dentro de su propio ser.

La lógica de la dirección de un gobierno será siempre diferente de la que inspira la gerencia de un negocio privado, pues la meta principal no es la de acumular ganancias y sacar ventajas frente a la competencia, y al Estado, en busca de rentabilidad.

Empresarios privados y gobernantes miran al mundo con diferentes ojos. La medida de las amenazas y de las oportunidades no necesariamente coincide entre ellos, pues la percepción de unas y otras no es la misma. Un evento, o hecho previsible, que signifique amenaza para un gobernante, puede ser oportunidad para un empresario. Cuando viene una crisis, uno y otro tienen reflejos diferentes, inspirados en un caso en la salvación de los intereses propios, y en el otro en la preservación del bien colectivo. Cuando el objeto del ejercicio de dirección es la cosa pública, la perspectiva de los factores a tener en cuenta es mucho más amplia y la responsabilidad adquiere proporciones incomparables con las del jefe de un negocio privado, que de pronto, cuando más, tiene que responder ante unos accionistas.

En el mundo de lo gubernamental, al menos bajo los parámetros de las llamadas democracias occidentales, aparece otro elemento que marca una diferencia enorme con la autonomía de quienes son dueños de su propio negocio: el poder está por definición repartido, y no puede quedar en cabeza de una sola persona. Para el gobernante existen limitaciones surgidas de un proceso histórico complejo, orientado precisamente a alejar a las sociedades de la arbitrariedad derivada de la autonomía total de quien se coloque a la cabeza del Estado, para que nadie se considere ungido, conquistador del poder absoluto, iluminado, heredero o aclamado por multitudes para que haga lo que a bien tenga. De manera que quien llegue con la ilusión o la añoranza de la dirección autárquica de sus propios negocios no puede llevar al gobierno la lógica de su “omnipotencia” para tomar decisiones estratégicas o introducir cambios súbitos de dirección o de ritmo. Todo un sistema de contrapesos opera para poner freno a cualquier desafuero.

El programa de televisión que hizo famoso a Donald Trump, en el que premiaba o despedía estruendosamente a un pichón de empresario, luego de probar si hacía gala de las argucias necesarias para maniobrar en la jungla implacable de la vida empresarial, no lo entrenó ciertamente para el gobierno del país que pasa por ser todavía el más poderoso de nuestra época. Su récord de empresario, del que echó mano a lo largo de la campaña, con evasión de impuestos y todo, tampoco lo ha entrenado para el oficio. Así que la Casa Blanca tendrá un huésped que llega a aprender, desde los rudimentos, el arte de gobernar una federación de Estados, donde los gobernadores son muy fuertes y los poderes federales son residuales hacia el interior y apenas un poco más amplios hacia el exterior, aunque en todo caso con el contrapeso del Congreso.

El aprendizaje estará lleno de sucesos, muchos de ellos novedosos y otros extravagantes, y posiblemente abra numerosos frentes de interés y de preocupación, a juzgar por las declaraciones hechas hasta ahora respecto de los inmigrantes, del Islam, de China, de Rusia y de los propios servicios de seguridad de los Estados Unidos. También podrá traer nuevos incidentes, consecuencia de un estilo calcado de las peleas entre magnates del capitalismo salvaje, como lo anuncian las amenazas proferidas por el nuevo presidente a empresas emblemáticas de la industria automovilística, para tratar de forzarlas a que no inviertan en México, como si él pudiera de un plumazo desconocer tratados y poner o quitar barreras.

Todos esos reflejos de empresario, agresivo e implacable, puestos a funcionar desde la presidencia, seguramente con la mejor intención de “hacer grande otra vez a América”, se pueden llegar a convertir en obstáculo significativo para el buen gobierno, y en fuente de dificultades y tensiones internas e internacionales. Porque si bien es deseable que de vez en cuando aparezca alguien capaz de agitar el escenario político, lo mejor es que sea para hacerlo más claro y más vivible y no para alterarlo de manera desordenada y sin rumbo.

La arquitectura institucional de los Estados Unidos está a prueba en cuanto a los equilibrios de poder previstos para evitar excesos del Ejecutivo. También lo está frente a las dificultades que normalmente se presentan entre la lógica de quienes tienen en la mente el bien común y la de quienes encuentran motivación apenas en los buenos negocios. Se advierte además el peligro de un remezón desordenado en el contexto de unas relaciones internacionales ancladas en procesos históricos complejos, que implican obligaciones políticas difíciles de abandonar al ritmo de los sentimientos de un empresario que llegó a la presidencia como resultado de una combinación inverosímil de factores de ignorancia y desencanto. No hay que olvidar la responsabilidad que le cabe a una clase política que no fue capaz de proponer nada más convincente a lo largo de la campaña.

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