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La inclinación a la política puede ser un mal, o un bien, de familia. Lo que explica porqué dentro de regímenes que se reclaman democráticos hay grupos familiares con presencia permanente en el oficio.
En virtud de principios elementales no sería posible negar a ningún vástago de esos clanes sus aspiraciones. Sólo que de pronto se corren dos peligros: el de los altibajos de las calidades personales y la formación de uno u otro miembro de cada dinastía, y el de las equivocaciones en las que pueden incurrir quienes saltan a la arena forzados por las circunstancias. Además, nada quita que a ese paso se desmonten algunas virtudes del sistema.
No es difícil entender que quien crece viendo gobernar o hacer política, bien o mal hecha, resulte atraído por ese oficio. De la misma manera que alguien puede sentirse interesado en cualquier otra profesión o empresa de familia. Sin embargo es preciso hacer una distinción: mientras en el caso de los negocios lo que se pone en juego es la fortuna privada, en el de la política existen responsabilidades muy profundas, que tienen que ver con el bien común. Algo que no todos tienen claro.
Lo curioso es que el éxito de los clanes que, dentro del sistema democrático, se creen destinados a gobernar, no proviene solamente de su voluntad y de sus anhelos, sino que encuentra adecuada complicidad entre los electores. Con lo cual se configura un fenómeno de reconocimiento, o de resignación, que todo lo que hace es facilitar la continuidad de las tendencias dinásticas.
Guste o no, ya es una realidad la tradición política de los Nehru – Gandhi. Como la de los Bandaranaike – Kumaratunga. O la de los Butho. El Presidente sirio es el hijo del anterior Presidente. El hijo del Presidente egipcio tal vez se prepara para asumir. Costas Karamanlís, el Primer Ministro griego, es el sobrino del más importante político helénico de las últimas décadas, que no tuvo hijos; Giorgos Papandreou, el jefe de la oposición, es hijo y nieto de primeros ministros. Para no hablar de sagas de menor escala en uno u otro país, que ocupan espacios en los gobiernos regionales, en los parlamentos, o los remedos de ellos, y en la administración, a veces exitosa a veces precaria, del Estado.
Carolina Kennedy, la niña de la familia presidencial que cautivó al mundo occidental en la década de los sesenta, y única sobreviviente del grupo, se comienza a perfilar como candidata al Senado de los Estados Unidos. A pesar de que no ha planteado todavía nada, no faltarán quienes digan que ya era hora de que ella entre a la vida pública, sobre todo en la medida que su tío, Edward, está de salida. Dirán que ya lo tiene todo. O mejor que lo trae puesto desde siempre, y que sólo basta con ponerle los votos para que vaya al Congreso, como si se tratase de una obligación histórica.
La añoranza, la simpatía, un deseo implícito de justicia ante las adversidades, y hasta la conmiseración, juegan de todas maneras algún papel en ese componente emocional que porta inevitablemente la expresión de la voluntad popular. Por eso no sería raro que Carolina llegara a la curul que hace tiempo ocupó su tío Robert Kennedy y que ahora deja libre Hillary Clinton, miembro de otro clan que, en vez de irse a la casa luego de dos períodos en la presidencia, se hizo elegir al Congreso durante los dos períodos presidenciales del segundo de los miembros de la familia Bush que han ocupado la oficina oval durante doce de los últimos veinte años.
Semejante panorama, al que se pueden agregar muchos más casos, no deja de evocar preguntas sobre la compatibilidad del sistema democrático con la consolidación de dinastías políticas que poco a poco van convirtiendo el ejercicio del poder en negocio familiar, con todos los riegos que ello implica.
Nada tiene de raro que detrás de la nueva cara de la familia Kennedy haya una figura política válida. Pero es lícito hacer una pregunta elemental: si no hubiese sido miembro de ese clan, estarían hablando de ella para impulsarla en una carrera súbita al Senado?
Vamos a ver, si lo de Carolina avanza, cuáles serían los argumentos que invoque el gobernador de Nueva York, David Paterson, a quien corresponde la escogencia, para sustentar su decisión. Y vamos a ver si es cierto que en los Estados Unidos existe, justo desde la era de John Kennedy, la tendencia a inventarse una especie de familia real, en contravía de los fundamentos de un sistema político que se originó, entre otros, en el argumento de la urgencia de evitar no sólo los excesos del régimen colonial sino la inconveniencia del sistema hereditario para acceder al poder.