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La crisis económica mundial no sólo es una prueba de conducción de los procesos económicos, sino un requerimiento de liderazgo de gran escala. Y las responsabilidades en la materia son mayores mientras más significativa sea la participación de uno u otro país en el reparto internacional del poder.
Tal vez el manejo adecuado de toda una serie de factores de aquellos que inciden en el ánimo de las naciones sea lo que más requieran ahora tantos países que se ven obligados a pagar las consecuencias del festín protagonizado en los últimos años en los epicentros del capital financiero. En el campo de lo económico actuarán los especialistas, poniendo a prueba su capacidad de maniobra frente a las leyes implacables del modelo en crisis. El resto, que no es poco, corresponde a quienes tengan la categoría de estadistas. Ahí está su más dura prueba.
Los ciudadanos tal vez podamos esperar que en este, como en otros casos, las habilidades de los gobernantes se manifiesten de pronto en los campos más insospechados. Ya sabemos que por ese camino pueden terminar, contra todo pronóstico, conduciendo a sus países exitosamente por los senderos más difíciles, o por lo menos salvándolos de tragedias mayores. Lo que permite pensar que aún los jefes políticos más ineptos pueden salir avantes de compromisos mayores cuando las circunstancias les exigen un esfuerzo supremo.
Es frecuente que jefes de estado o primeros ministros de reconocida raigambre popular resulten siendo unos torpes conductores de la política exterior. Pero puede suceder también que, ante la obligación de manejar situaciones específicas, su instinto político les sirva en la toma de decisiones trascendentales, por las que más tarde, en muchos casos sin saberlo, pasan a la historia.
Las convulsiones de la economía mundial exigen naturalmente habilidades especiales en el manejo de la situación de cada país, pero en algunos casos las responsabilidades van más allá de las fronteras. Y es allí donde, ante la falta de liderazgo demostrada por la administración de George Bush, corresponde a otros llenar el vacío, al menos mientras prueba suerte el enigmático presidente Obama.
Angela Merkel, Gordon Brown, Nicolas Sarkozy, Dmitry Medvedev, Luiz Inacio Lula, Taro Aso, Hu Jintao y Stephen Harper, tienen en sus hombros una responsabilidad mayor. Entrados ya al parecer algunos de sus países en recesión, deben obrar de manera que defiendan no sólo los intereses de sus ciudadanos inermes, sino que no afecten a los de tantos otros países que tienen muchas menos oportunidades de defenderse de los altibajos de la economía.
Tal vez debamos confiar en que las propias épocas de crisis proveen a los estadistas de la adrenalina suficiente para agudizar su imaginación al servicio de la causa del interés general. Y esperamos que sea entonces cuando, comprendidos o no en la inmediatez de las circunstancias, tomen decisiones que a la larga resulten salvadoras. Lo que puede demostrar, una vez más, que gobernar bien es prever con acierto y oportunidad.