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No por una más frecuente, ni ruidosa, aparición en los medios, un líder político es más significativo, ni más conveniente para el bienestar del mundo.
El poderío de los medios de comunicación contemporáneos, en gran medida inspirados en el progreso tecnológico de los Estados Unidos, contribuye a que los presidentes de ese país, cuyo peso político sigue siendo muy grande, sean con sus actos de toda índole protagonistas de hechos que se difunden por el solo hecho de ocupar el cargo.
Ahí ha estado Donald Trump en los últimos días, diciendo de manera instintiva, sin ingenio ni gracia, cuanto se le viene a la cabeza. Su participación en la cumbre de la OTAN, su visita a la Gran Bretaña, su exhibición de torpeza en el campo de golf de su propiedad, y su encuentro en Helsinki con el poderoso Vladimir Putin, han sido un sartal de nuevas muestras de su habitual histrionismo, inusual en la órbita de los jefes de Estado, y de la insuficiencia de sus condiciones para aventurarse en la política a su manera improvisada. Asunto que causa tremenda preocupación en Europa y en Asia, por decir lo menos.
Rui Tavares, el periodista portugués, calificó a Trump de “chantajista NATO”, por sus declaraciones amenazantes, previas a la reunión con los otros líderes de la OTAN, que pusieron al mundo en ascuas, para luego terminar con un elogio de la Alianza y la reiteración del compromiso de su país con la única asociación que le serviría de apoyo en caso de una confrontación armada con otros bloques de poder.
La misma fórmula de “chantaje” se hizo evidente con motivo de su visita a la Gran Bretaña, cuando antes de aterrizar en Londres criticó abiertamente a la primera ministra Theresa May, por su idea de suavizar las relaciones con la Unión Europea. Caso en el cual amenazó con los efectos negativos que ese enfoque podría traer para las nuevas relaciones comerciales con los Estados Unidos. Todo para más tarde calificar de noticia falsa sus propias afirmaciones, registrada por todos los medios.
El hecho de haber ido todavía mucho más allá, al atreverse a afirmar que Boris Johnson, su extravagante equivalente en el Reino Unido, sería un excelente primer ministro, terminó de configurar un cuadro de falta de respeto y prudencia frente a los asuntos internos de otros países, que Europa no había visto, ni siquiera entre los líderes de la última guerra mundial.
Los británicos tuvieron que ocultar cuidadosamente a su visitante, y lo recibieron en escenarios alejados de la tradición protocolaria londinense. El Alcalde de Londres, a quien Trump descalifica abiertamente, y con quien mantiene una confrontación mediática, contribuyó con los permisos para que salieran a la calle cientos de miles de manifestantes, que hicieron flotar en el aire un ridículo muñeco con la figura extravagante del presidente. A pesar de lo cual éste no tuvo inconveniente en afirmar que a él lo quieren en el Reino Unido.
No se sabe si será posible conocer el verdadero contenido de las conversaciones de Helsinki con el presidente Putin, de las que solamente serán testigos los intérpretes, a las que el líder norteamericano se presentó con su aparente autosuficiencia, para encontrarse con un personaje que siempre se ha tomado todo en serio, y que tiene todo el entrenamiento en estos lances. Allí no solo estaba de por medio la supuesta, y no aclarada, influencia rusa en las elecciones que llevaron a Trump a la Casa Blanca, materia en la cual Trump ya exculpó a los rusos, por encima de sus propias agencias, sino que debía aparecer toda una lista de asuntos cuyo tratamiento requiere de conocimiento y preparación de las cuales Trump jamás ha podido hacer gala.
El hecho de que el presidente de los Estados Unidos se haya hecho presente a la mesa con la marca del débil y vacilante compromiso que ha mostrado con sus aliados naturales de la OTAN, le quitaba fuerza. Y si bien no es de esperar que del encuentro de Helsinki salgan decisiones trascendentales, tal vez sería deseable que se alcanzara a delinear una agenda seria para evacuar asuntos candentes, como los de Ucrania, Crimea, Siria, Afganistán, Irán y el Medio Oriente.
Una encuesta reciente muestra que el sesenta y cuatro por ciento de los alemanes le temen mucho más a Donald Trump que a Vladimir Putin, y que el cincuenta y seis por ciento creen que el ruso es más competente que el estadounidense, al que le dan cinco de cien puntos. Y todo parece indicar que el gobierno alemán anda cerca en la sintonía. Como también los otros países interesados en el futuro de la Unión Europea, que buscan mejorar las relaciones con Moscú, mientras toman medidas de precaución ante la incertidumbre y las incógnitas de Washington. Además, también obra de Trump, esos mismos países buscan fortalecer sus lazos con China, país al que les unen precisamente ante las embestidas comerciales del gobierno actual de los Estados Unidos.
¿Cuánto más habrá que soportar, estoicamente, las afrentas de un personaje extraño en las artes de la política y las relaciones internacionales, que reparte bendiciones, diatribas y absoluciones, como si fuera de verdad el hombre más poderosos del mundo? ¿Cuándo llegará, y cómo será, no solo para los Estados Unidos sino para los demás países, la resaca de ésta época de incertidumbre, alimentada por una forma de ejercicio de liderazgo que inevitablemente llama la atención, pero que ha introducido en el escenario formas de actuar que no son deseables para la buena marcha de las relaciones constructivas entre las naciones? Ojalá en los Estados Unidos se den cuenta a tiempo de la importancia y la gravedad de la situación, para que esa democracia, que tanto alardea de sus calidades, tome las decisiones adecuadas.