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El Islam ha cambiado ya de manera significativa la configuración de Europa.
Aquello que no consiguieron los ejércitos musulmanes que llegaron a las puertas de Viena o de Poitiers, y lo que no pudieron retener en España, en Italia ni en Francia luego de varios siglos de confrontación, lo han conseguido poco a poco en nuestra época unas cuantas legiones de personas humildes que vinieron al continente a hacer oficios que los habitantes de las antiguas potencias imperiales consideraban poco apreciables; por no decir indignas.
Llegaron en silencio, aguantaron todo tipo de humillaciones, y soportaron la continuación de las relaciones desiguales que en su propia tierra de origen habían tenido con quienes ejercieron en su contra el poder colonial. Pero consiguieron quedarse. Ahora son ciudadanos. Y sus hijos, numerosos, sí que lo son. ?Ahora tienen todos los derechos y las garantías que confieren a sus miembros las sociedades democráticas, que tanto se enorgullecen de sus conquistas en el respeto por la condición y las creencias de cada quien.
Pero estos nuevos europeos ostentan una característica adicional, que los distingue de los demás en las profundidades del alma y les liga a una visión particular del mundo, distinta de la cristiana que ha marcado la tradición europea: son musulmanes y mantienen con sus países de origen ataduras difíciles de disipar. Todo esto, aún sin tener en cuenta la creciente mezcla de razas, es lo que configura poco a poco una Europa mestiza, que aloja ya cerca de cincuenta millones de musulmanes, si se les suman los habitantes de países balcánicos de abrumadora presencia islámica.
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Los autores de la masacre contra los editores del semanario Charlie eran franceses. La amenaza de acciones similares contra otros medios de comunicación, o contra cualquier otro objetivo, sigue presente. Porque hay algo allí que no se ha tratado adecuadamente y permite que jóvenes europeos occidentales, que al tiempo son musulmanes, vayan a dar a las brigadas del «Estado Islámico de Siria y el Medio Oriente» y estén dispuestos a vengar no sólo lo que consideran ofensas publicitarias de hoy en contra del Profeta Mahoma, sino lo que consideran agravios históricos de los países europeos contra sus naciones de origen.
El fenómeno tiene profundas implicaciones y plantea un reto enorme para el conjunto del liderazgo europeo, que tiene la obligación de trabajar en la reorganización de una sociedad amónica dentro de la cual convivan personas de convicciones y aspiraciones muy diferentes. Y que tiene que entender que lo que sucedió ahora es apenas un incidente dentro de un proceso de confrontación más amplio, que no es otro que el de una especie de guerra entre un Occidente radical y el Islam radical, que se alimenta con discurso pendenciero de parte y parte y revienta a cada rato con episodios calientes y puntuales de terrorismo o con acciones punitivas, en una espiral que va llevando al mundo a una situación de peligro descomunal para la paz y la estabilidad.
Si se repasan los incidentes de las últimas dos décadas es fácil identificar la progresión de ese enfrentamiento, a través de hechos que van sumando a la temperatura de las relaciones entre el mundo islámico y el occidental, y que ha sido ocasión para advertir comportamientos de menosprecio y de arrogancia, de brutalidad y de falta de buena voluntad que resultan por igual aterradores e imperdonables. Con un item curioso en el que pocos reparan y que consiste en que la manera típicamente europea de ver la vida, y de vivirla, resulta minoritaria y sin perspectivas de crecimiento demográfico, ante la emergencia de un mundo de jóvenes que proceden de otras raíces culturales.
No se debería caer en la equivocación de tratar el problema de manera tópica frente a cada escaramuza de esa guerra extraña y nueva, como si fuese aislada. Tampoco se le puede mirar exclusivamente en los términos tradicionales de los principios europeos. Por lo tanto la discusión no se debería reducir, a raíz del suceso más reciente, al asunto de la libertad de expresión. El tema de fondo es el de las raíces de una confrontación creciente y profunda cuyas motivaciones, por difícil que sea, hay que tratar de desactivar.
Europa tiene que aceptar que paso a paso se vuelve irreversiblemente mestiza y debe evitar que su destino avance hacia una especie de guerra civil del futuro, derivada de la disparidad de sentimientos frente a principios y derechos de la vida en sociedad que van mucho más allá del de la libertad de prensa, que por supuesto hay que defender.
Se trata de reconocer y manejar las disparidades que en un momento ella misma generó. Se trata de sortear con éxito y conforme a sus principios democráticos las nuevas oleadas de resaca de la aventura colonial y de la marginación que se encuentran al origen de este nuevo ciclo de confrontación.
Todavía puede aprovechar el hecho de que solo una minoría de los inmigrantes y de sus hijos mantiene un ánimo revanchista, mientras los demás aprovechan lo mejor que pueden su nueva condición. Pero debe estar aletra, corregir los errores del pasado y adelantarse a evitar equivocaciones hacia el futuro. Porque si hoy es difícil el control de esa minoría debido a la carga emocional y a los métodos que está dispuesta a usar para hacer valer sus intereses, las cosas serían más difíciles aún si la mayoría en un momento dado pierde el rumbo y cae en la tentación de los argumentos que conducen a la rebelión vengativa.
Por lo demás, los once muertos dentro del edificio de Charlie Hebdo hacen recordar a los once muchachos que fueron ejecutados por orden de Abd al Rahman, Emir de Córdoba en la España musulmana del año 851, porque insultaron insolentemente al Profeta, muy a sabiendas de las consecuencias que eso podía traer.
Seguramente buscaban el martirio tras el ejemplo de San Perfecto, el famoso cura que se llevaba bien con los musulmanes hasta que un día no pudo evitar dar respuesta a la pregunta en cuanto a quién había sido el más grande de los profetas. Como el pobre y valiente Perfecto dijera que Cristo y agregara que Mahoma era un personaje secundario, terminó acusado y condenado a muerte a pesar de las garantías de inmunidad que le habían dado antes de que diera su respuesta. Su cabeza y su cuerpo, violentamente separados, fueron exhibidos al otro lado del Guadalquivir.
Era una época de fiebre de martirio de parte de los cristianos, ante la cual el propio Al Rahman forzó la realización de un Sínodo con el objeto de prohibir que se buscara ese camino de tránsito a la vida eterna.