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La Sabana de Bogotá y la llanura de la Costa Atlántica pueden ser el escenario de una nueva versión de país, si se hace adecuado manejo de las aguas y se definen mejor los asentamientos humanos que animan su vida cotidiana y su papel dentro del conjunto de la nación. A estas alturas de la historia no podemos seguir culpando al invierno de catástrofes originadas por fenómenos que los precolombinos manejaron en su momento con realismo, sabiduría y eficiencia. El planeta es viejo y no ha cambiado en forma tan extrema en los últimos quinientos años como para que ya no sean válidas la mayoría de sus formas de funcionamiento, que hay que conocer y también respetar. Los estadistas deben tener noción de todo eso y tomar las decisiones necesarias, porque gobernar es, entre otras muchas cosas, saber manejar la geografía con criterio político y la historia mirando hacia adelante.
La lectura que los aborígenes hacían del territorio de lo que hoy es Colombia era mucho más acertada, realista y sabia que la de los líderes de los dos últimos siglos, con contadas excepciones. Los precolombinos entendían la vida como un ejercicio de armonía con la naturaleza. Por eso jamás se creyeron superiores a las reglas del orden natural y buscaron más bien comprenderlas y adaptarse a ellas con respeto, pues en algún momento aprendieron que esa es una de las claves para sobrevivir. A ningún consultor indígena se le habría ocurrido ser protagonista de la hazaña de secar lagunas naturales, como la que existió en la zona de El Lago en Bogotá, ni asfixiar humedales, como hicieron recientes colonizadores urbanos que borraron los refugios naturales de las aguas en diferentes lugares del altiplano, todo con el ánimo de lucrarse, noción que en la escala de valores de la naturaleza ocupa uno de los lugares más bajos.
Tanto en el altiplano como en la llanura de la costa los indígenas aprendieron a vivir con los procesos naturales e hicieron, a su manera, las obras necesarias para beneficiarse de ellos tratando de evitar sus excesos. Y en buena medida lo lograron. En la región de Bacatá ese fue el oficio de Bochica, que comprendió que la Sabana lleva el ritmo del desnivel de lo que hoy se llama Río Bogotá y dispuso las obras necesarias para que todo fuese a dar al vertedero del Salto de Tequendama, que según la leyenda él mismo generó. Los colonizadores españoles hicieron una acertada lectura del territorio en su conjunto y diseñaron obras como el Canal del Dique que lleva más de cuatrocientos años como alternativa de descargue del Río Magdalena, o el Puente del Común, que sigue campante donde lo construyeron, y que si hablara denunciaría con espanto los abusos de quienes no respetaron los niveles ni los desniveles de la Sabana y le echan a la naturaleza la culpa de desgracias de las que ellos son los principales responsables.
Lo que hoy consideramos catástrofe del invierno se debe principalmente a la falta de sentido ekístico a la hora de construir o permitir que se erigieran asentamientos humanos, tanto en ciudades como en el campo, a lo largo y ancho del país. A lo que hay que agregar la falta de visión de tantos gobernantes que no fueron capaces de pensar en un territorio y un sistema económico con infraestructura adecuada a la variada configuración geográfica de Colombia y permitieron que estemos en la precaria condición que ahora nos caracteriza, lejos de lo que deberíamos tener para merecernos de verdad el puesto que queremos en el conjunto de la comunidad internacional.
Desde Bochica y los gobernantes coloniales nadie ha tenido la claridad suficiente para manejar adecuadamente el territorio y construir por ejemplo en la Sabana de Bogotá, entre otras cosas, una red de canales que, además de conducir las corrientes a su desaguadero natural, sirvan para organizar el regadío y se conviertan en elemento paisajístico y recreativo de gran valor. Tampoco ha habido quien impulse en la llanura de la costa unos cuantos desagües, como el del Dique, ademas de ubicar aldeas y ciudades al abrigo de las corrientes que, ya se sabe, bajan con predecible regularidad.
Asentamientos humanos e infraestructura son dos temas que esperan el ejercicio de un liderazgo acorde con criterios de gobierno que vayan mucho más allá de la tradicional mezcla de elementos jurídicos, económicos y mediáticos para ejercer el poder. El desastre del invierno es una oportunidad histórica para que el país haga bien el ejercicio de redefinirse en el orden regional, tomar las decisiones necesarias para el ordenamiento territorial, y conseguir una nueva configuración de asentamientos humanos, con las reubicaciones, expropiaciones, donaciones y construcciones que sean necesarias, de manera que la gente pueda vivir a salvo de las frecuentes inclemencias del clima, los procesos económicos sean más armónicos y las relaciones sociales más democráticas.
Como es costumbre nacional, lo anterior puede sonar utópico, porque este tipo de comentarios merecen por lo general la perplejidad de los sabios que nos tienen como estamos. Y porque la audacia no forma parte de nuestra cultura más que para las cosas pequeñas. Pero no por eso habrá que dejar de reclamar. El país tiene suficientes recursos humanos y suficiente gente comprensiva, generosa y capaz de manejar el problema, si alguien los pone a todos juntos y los impulsa a actuar. Todavía estamos a tiempo de corregir tantas décadas de atraso. Y el Presidente Santos todavía puede ejercer el liderazgo necesario para manejar el asunto con visión de futuro.
Un feliz 2012 a mis selectos lectores.