Publicidad

Good luck, Good luck Jonathan

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La sombra de un caudillo insistente se vuelve un lastre cuando la gente quiere cambiar. Los jóvenes criados bajo la influencia de un jefe de aquellos que pretenden saber de todo, tienen derecho a pensar que otras cosas son posibles.

Que puede haber distintas maneras de ejercer el poder. Que la vida política no tiene porqué revestir carácter inequívoco, bajo la orientación de un hombre que se cree providencial. Que conviene buscar opciones nuevas de interpretación del mundo y de la sociedad. Que hay diferentes maneras de tratar los asuntos públicos, y de buscar la felicidad.

Con la muerte de Umaru Musa Yar’Adua, luego de casi tres años de ejercicio del poder y seis meses de incertidumbre por su estado de salud, vuelve a aparecer para los nigerianos la sombra del hombre que no ha podido desistir de su interés en influir sobre el destino de ciento cincuenta millones de ciudadanos que habitan uno de los países más significativos del continente africano. Olusegun Obasanjo, padrino indiscutible del profesor Yar’Adua, seguramente se cree obligado a hacer una vez más su aparición en el panorama político. Y la sola eventualidad de su nueva intervención en la escogencia de opciones para el destino de Nigeria suscita todo tipo de emociones.

Alistado como oficial del ejército, y cómplice del golpe de estado de 1975, Obasanjo resultó designado cuatro años más tarde como presidente militar de Nigeria. El aumento de los ingresos petroleros, que llevaron las rentas del país a crecer en un trescientos cincuenta por ciento, benefició a su gobierno y le permitió el derroche de recursos y favores que suele darse cuando un gobernante de facto tiene en sus manos la posibilidad de fundamentar su éxito en la coyuntura de abundancia de recursos. Aunque, como también suele suceder, el hecho de que dicha abundancia proviniese de la lotería del petróleo, mas no del esfuerzo productivo, trajo los desbalances y dificultades que semejante situación por lo general acarrea.

El récord de Obasanjo a la cabeza del gobierno no dejó de traer beneficios interesantes en los sectores educativo y agrícola. A lo que conviene agregar el hecho de haber sido el primer presidente militar de su país que fue capaz de entregar pacíficamente el poder a los civiles. Curiosamente, luego de haber sido criticado por su carácter represivo mientras ejercía la presidencia, se convirtió en luchador, no se sabe qué tan convencido, por la causa de los derechos humanos, durante un tiempo que pasó en la cárcel durante la dictadura militar de Sani Abacha, a cuya muerte pudo ser candidato presidencial.

Catapultado nuevamente a la cima del poder, ya para 1999, siendo el primer jefe de Estado nigeriano elegido popularmente, Obasanjo se dedicó a tratar de ubicar a su país en un mejor lugar dentro del ranking internacional. Para ello no vaciló en definir alianzas con Occidente, que le permitieron mostrarse como un aliado confiable frente a los cuestionados regímenes de Zimbabwe, Sierra Leona, Liberia y aún la Sudáfrica del Apartheid.

Lo malo es que, convencido de ser un hombre providencial, no sólo se hizo reelegir en 2003, para quedarse hasta 2007, sino que trabajó exitosamente hasta dejar un sucesor a su medida, que al fallecer ha dejado de nuevo el campo abierto al viejo caudillo para que se aparezca con el ánimo y las ínfulas de salvador y orientador supremo. Como si no hubiese más y como si su manera de interpretar el destino de su patria fuese la única capaz de conducir a su pueblo.

A estas horas, en medio de la tristeza por la ausencia de Yar’Adua, que era un profesor universitario convertido en presidente, gracias a su récord impecable de honestidad y a su inteligencia organizada, miles de nigerianos se preguntan si vale la pena darse el lujo de pensar más libremente y salirse del esquema estereotipado del estilo Obasanjo, que entre otras cosas ha traído uno de los peores males que se le pueden hacer a un pueblo, como es el de fomentar la polarización interna. Goodluck Jonathan, hasta ahora vicepresidente y encargado de conducir el proceso que conduzca a la sucesión, tiene ante sí un dilema trascendental entre la idea de acudir otra vez a Obasanjo, o a quien represente sus intereses, para que se reediten sus errores, y la opción de abrir las puertas a una renovación que al menos los jóvenes parecen anhelar como antesala de un futuro mejor. Para eso Jonathan requiere de mucha sabiduría y de otro tanto de suerte.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido