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Es posible que dejar el poder resulte para algunos más difícil que conquistarlo. Sobre todo si lo hallaron a raíz de un golpe del destino. Y más aún cuando les anima la convicción de encarnar la mejor solución para todos los problemas de una sociedad compleja.
Pero el monopolio del poder no implica ni el monopolio de las soluciones ni la garantía de la felicidad general. La presencia continuada de un jefe en la cúspide puede más bien terminar por formar poco a poco una represa que contiene las aguas por un tiempo para dar paso más tarde a una avalancha inatajable.
Lo que suceda en Egipto en los próximos días será definitivo para el destino del mundo árabe y el Medio Oriente, por lo menos. Por el lugar que ocupa en la geografía política internacional, por ser el más populoso y poderoso de los países árabes; por haber sido entre ellos el más protagónico en las definiciones conseguidas hasta ahora en el Oriente Medio, y por el liderazgo que de él se espera en los procesos políticos del futuro, cualquier modificación política en Egipto tendrá consecuencias en diversos sentidos y desde diferentes perspectivas. Muchas más, y mucho más importantes, que las que ha traído hasta ahora la explosión de Túnez, que guarda eso sí la primogenitura de un movimiento que pone en jaque el esquema de países con gobierno duradero y fuerte, así como con elecciones regulares e inverosímiles por sus resultados, acompañadas de un creciente déficit democrático.
Sería injusto desconocer el papel que el Presidente Mubarak, heredero súbito del poder por el asesinato de Anwar Sadat, ha desempeñado en los desarrollos del Medio Oriente y en la preservación de delicados equilibrios dentro del juego político internacional. Pero todo indica que ha llegado el momento en el que su prolongada presencia en el poder, sin haber podido resolver problemas internos fundamentales, se convierte en el obstáculo principal que deben afrontar tanto él como el pueblo egipcio. Ante los ojos del mundo, y particularmente a la luz de los intereses occidentales, el régimen de Mubarak representa un aliado confiable, capaz de sostener una buena relación con Israel y también de frenar el ímpetu del fundamentalismo islámico, convertido en objeto de espanto en la mitología de naciones que, al mismo tiempo, no caen en cuenta de su propia visión extremista del mundo y de la historia. A los ojos de muchos egipcios, por el contrario, el régimen representa el fracaso en la solución de problemas cotidianos y el represamiento del flujo ordinario de una vida política abierta a diferentes alternativas de manejo de los mismos problemas.
Si, por alguna razón de la magia de la vida política, el gobierno de Mubarak gana esta ronda, estará apenas posponiendo el momento de las verdaderas soluciones. Porque lo que busca tanta gente que sale a protestar a sabiendas de los peligros que corre y otra tanta que se queda en casa empujando con el deseo, no es simplemente un cambio de gabinete sino una apertura mayor. Sacar las tropas a la calle es una reacción espontánea que refleja la incapacidad para entrar en cualquier tipo de negociación. Es enviar de una vez el mensaje de estar dispuesto a aferrarse al poder por la fuerza. Si las manifestaciones se desvanecen por miedo, o por lo que sea, quiere decir que no tenían fuerza suficiente para producir cambios. Pero si, por el contrario, son capaces de desafiar el despliegue de fuerza, el gesto puede ser una de las mayores contribuciones al éxito de la revuelta. Con lo cual la suerte está echada. Máxime si las fuerzas armadas resuelven no disparar contra ciudadanos desarmados, pero llenos de lo que hace ganar todas las batallas, que es la determinación y la convicción de que se está en lo justo.
Con su astucia política, y ante el llamado de diferentes fuentes, entre ellos los Estados Unidos, a que se organice una transición pacífica a una democracia más abierta, el Presidente Mubarak seguramente ha comprendido que tiene que irse. Sólo que cree, seguramente con razón, que no puede simplemente salir corriendo. Por eso ha decidido buscar, aunque sea un poco tarde, conversaciones con la oposición. La meta, apoyada por los estadounidenses y los europeos, sería la de buscar un régimen lo más parecido que se pueda al que ha regido el país por tres décadas. Y es aquí donde se encuentra tal vez el verdadero meollo del problema. Porque nadie ha dicho que los únicos aspirantes al relevo sean unos personajes comprometidos con el modelo occidental de democracia, cuya viabilidad en sociedades del contexto histórico y social del Oriente Medio es discutible. Ver el caso de Irak, donde ni siquiera por la fuerza se logró hasta ahora tal objetivo.
Fuerzas que no tienen equivalente en la competencia política de Europa, y mucho menos de los Estados Unidos, han venido trabajando desde hace años en busca de un espacio de poder bajo regímenes como el egipcio. Sus argumentos no obedecen a rigores científicos familiares en otras partes, sino que van a lo profundo del alma de millones de seres sencillos, que pueden ser fácilmente cooptados por causas de corte populista, máxime cuando de por medio están consideraciones religiosas. Esto quiere decir que, al lado de los luchadores por una democracia estandarizada bajo el modelo de Francia, Gran Bretaña o los Estados Unidos, compiten por el poder, y están dispuestos a llegar hasta sus últimas consecuencias, organizaciones políticas autóctonas, que buscan un modelo de Estado bastante distinto. Tal vez un poco más acorde con las tradiciones egipcias, pero que plantearían retos importantes y hasta ahora inéditos para la comunidad internacional.
Pero hay algo más: el problema no es solamente el de la competencia entre sectores que defiendan uno u otro modelo. La cosa va más al fondo, porque lo que anima después de todo a la revuelta es la precariedad de la vida de millones de seres que no se hallan dentro del sistema político que les gobierna. Hace unos días se dijo en esta columna que el proceso de Túnez podía tener un efecto dominó, y se mencionaba a Egipto como uno de los países que se verían afectados por dicho fenómeno. Nada de raro tiene que ahora, según el rumbo que tomen allí los acontecimientos, la rebeldía se extienda a los lugares más insospechados. Porque a lo largo y ancho del mundo son muchos los pueblos sometidos a la pobreza y al malestar en proporciones inaceptables y que no hallan respuestas a sus anhelos dentro de sistemas políticos y económicos que todo lo que reiteran es su ineptitud para atender elementales anhelos ciudadanos.