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Será muy difícil que el Papa evite o pueda eludir las consecuencias de la decisión de reivindicar a un disidente que no se retracta de negar el holocausto de los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Y será aún más difícil que la Curia Vaticana recupere esa imagen de perfección diplomática que ha tomado tantos años en construir.
Si existe algo que haya permitido a la Iglesia Católica ganar espacio en el escenario internacional, y que se haya constituido en motivo de esperanza por la paz mundial, han sido los esfuerzos de aproximación a las versiones ortodoxas de la cristiandad, así como a los judíos y al Islam. El efecto de ese enfoque ecuménico, que busca coincidencias en lugar de puntos de conflicto, es a la vez profundo y frágil, en cuanto toca las fibras más delicadas del ánimo de los fieles de tres religiones que afectan en gran medida el ánimo del planeta, pero constituye de todas maneras un bastión a favor de la distensión internacional.
Las diferencias en cuanto a las aproximaciones a otros credos se hallan, entre otras razones, en el origen de un enfrentamiento de la Santa Sede con el Arzobispo Marcel Lefebvre, que lideró un movimiento en contra de los avances renovadores del Concilio Vaticano Segundo y siguió insistiendo hasta su muerte en la idea de que la Iglesia Católica no ha debido cambiar como lo hizo bajo la batuta de Juan XXIII, ni obrar bajo criterios ecuménicos que la aproximaran a otras versiones del cristianismo, y mucho menos al judaísmo y a los musulmanes.
El grupo de Lefebvre, excomulgado en tiempos de Juan Pablo II por razones disciplinarias, se caracterizó por agrupar personajes de pensamiento retrógrado, capaces de militar en creencias extravagantes, cercanas a las posiciones más proscritas por las sociedades democráticas de la postguerra. Es allí donde aparece Richard Williamson, un británico ordenado ilícitamente como obispo por el propio Lefebvre, quien sostiene que el Holocausto no tuvo lugar, que no hubo cámaras de gas en los campos de concentración, y que el número de judíos exterminados en la Segunda Guerra Mundial del Siglo XX jamás pasó de trescientos mil.
Sabiendo muy bien cuáles fueron las causas de su excomunión, y cuál es el pensamiento característico de Williamson, para lo cual habría bastado con preguntarle a Google, como ha dicho un importante líder judío, o entrar a su Blog, en el que se encuentran unos Eleison Comments llenos de afirmaciones extravagantes, no se entiende cómo se ha podido proceder alegremente a reinsertarlo a la Iglesia de Roma, aunque haya sido con el loable argumento de recuperar las ovejas descarriadas de la cristiandad.
La salida del Vaticano, al afirmar que el Papa no fue informado de las aseveraciones de Williamson y pedirle a éste último que se retracte, no han dado hasta ahora los resultados que seguramente se esperaban. Y el haber tratado de echarle la culpa de la desinformación al Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para el Clero y Presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, como si fuese una pieza aislada dentro del complejo mecanismo de la Santa Sede, no ha podido dar por cerrado el incidente.
El problema que se vislumbra, y lo que debe de pronto preocupar, no es si el Papa estuvo o no informado de todos los detalles de este caso. Lo que llama la atención son las posibles fisuras de una de las organizaciones más legendarias de la historia, y sobre todo la dirección en la que marcha en una época de transformaciones vertiginosas, que exige respuestas atinadas y deja muy poco margen para la equivocación.