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Irán a entorpecer

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La interferencia del Legislativo en la conducción de la política exterior es un elemento pernicioso dentro del esquema de separación y equilibrio de poderes.

Los republicanos del Congreso de los Estados Unidos han dado, a lo largo de las últimas semanas, una muestra de obstrucción en el manejo de la política exterior que sienta un precedente arriesgado para los propios intereses de su país. Molestos por los avances y a la vez temerosos del resultado de las negociaciones que el gobierno de Obama adelanta con los iraníes en compañía de Rusia, Francia, China, el Reino Unido y Alemania, han resuelto entrar de lleno en la pelea. Por eso han embestido contra el proceso de la agenda convenida en Ginebra en 2013, que busca modificar el programa nuclear iraní a cambio de alivios en las sanciones vigentes.

Primero, un grupo de 47 senadores del Partido Republicano envió, por fuera de todo protocolo y tradición diplomática, una carta a los líderes iraníes para explicarles las funciones constitucionales de Congreso y Presidencia en el manejo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos y advertirles que el próximo presidente podrá acabar “de un plumazo” con lo que Obama llegue a pactar. Ahora impulsan un “Iran Nuclear Agreement Review Act” que sentaría principios de difícil cumplimiento en cuanto a tiempo y sustancia. De aprobarse la propuesta, el Presidente tendría tiempos extremadamente cortos para tramitar todo lo relacionado con Irán y para evaluar las posibles violaciones a lo acordado. Además, las razones para declarar que los iraníes no han cumplido lo pactado se deberían fundamentar en hechos sobre los cuales el gobierno de Teherán no tiene necesariamente control, como cuando se exige que el acuerdo se dé por terminado si alguien certifica que Irán apoyó cualquier acto de terrorismo contra cualquier persona de los Estados Unidos en cualquier lugar del mundo.

El tema por supuesto es de la mayor sensibilidad porque Irán ha sido, desde el triunfo de la Revolución Islámica, la bestia negra de las administraciones norteamericanas, y por otra parte los Estados Unidos han sido el objeto mayor de recriminación de los líderes de la “teocracia” de Teherán. Dentro de esa lógica es entendible que los republicanos, que calificaron a Irán hace unos años como uno de los agentes principales del “Eje del mal”, crean que a partir del arreglo con Obama los iraníes tendrían garantizado el desarrollo militar de su potencial nuclear, sin control efectivo. Idea en la que están de acuerdo con Benjamín Netanyahu, a quien invitaron al Congreso en Washington para que expresara su punto de vista, que es similar. Y no podían llamar a nadie más idóneo para sostener esa idea, pues Israel tiene toda la razón en estar prevenido respecto del programa nuclear de un país que insiste en negar su derecho a existir y en su intención de borrarlo del mapa.

No obstante, el trámite que se ha dado a las diferencias entre el gobierno y el sector mayoritario del Congreso, deja mal a todas las partes porque se ha desconocido la cadena de mando y se ha roto la disciplina institucional a la que los legisladores están obligados justamente dentro de la lógica que quisieron explicarles a los iraníes con una cierta dosis de menosprecio y de arrogancia imperial. Al entorpecimiento que significaría una ley de iniciativa republicana, el Ejecutivo respondería con su opción de veto. La pelea está planteada y entretanto el gobierno pierde, por ahora, un poco de la fuerza necesaria para tener credibilidad no solo ante los iraníes sino ante los cinco socios que bajo su liderazgo participan en la negociación.

Conforme al modelo de las democracias occidentales clásicas, el Ejecutivo lleva la primacía en la orientación de la política exterior. El Legislativo tiene sus funciones, por supuesto, y su turno para intervenir en esos asuntos, conforme a unas reglas. Aún en el evento de que ciertos movimientos del gobierno despierten inquietudes y hasta molestias, los legisladores esperan su turno para ejercer las funciones que les corresponden. Entretanto hablan, opinan, hacen debates, pero no se toman la vocería del país, ni salen a hacer contacto directo con la contraparte en una negociación diplomática, ni interfieren en el ejercicio de las funciones del gobierno. A nadie se le ocurre tampoco importar aliados extranjeros para que entren a reforzar sus puntos de vista, y mucho menos terminan, o pretenden terminar, legislando para que las cosas cambien de rumbo y lleguen a un puerto diferente del que busca el Ejecutivo.

Estamos ante una de las desventajas de funcionamiento y de coherencia política de los regímenes presidenciales, particularmente cuando en razón de procesos electorales destinados a componer el Legislativo terminan obligados a la cohabitación. La lógica del sistema parlamentario no permitiría que semejante tipo de cosas tenga lugar, porque en éstos últimos si se tiene la mayoría se gobierna y se legisla armónicamente. Otra cosa es que la oposición, que debe trabajar sin descanso, haga su oficio de vigilar y contradecir y luchar por llegar a ser mayoría, caso en el cual ya verá cómo se las arregla para que las cosas marchen como quiere. 

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