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El solo hecho de tumbar un gobierno no configura una revolución.
A veces todo lo que se consigue con la salida de un jefe es el fortalecimiento del esquema que se quería reemplazar. El proceso solamente estará culminado cuando haya cambios de verdad en diferentes segmentos, de abajo hacia arriba, o de arriba hacia abajo, en la armazón del poder. Quedarse a mitad de camino es un riesgo mayor. Improvisar también lo es. La oportunidad es maravillosa, eso sí, para los grandes estrategas, si es que los hay.
Las revoluciones de Túnez y Egipto están incompletas. Todavía no se sabe, lo mismo que la de Libia, para dónde van; ni dónde irán a parar. Aunque no sea poco el logro de haber salido de Ben Alí y de Mubarak, no es claro el rumbo que vaya a tomar cada uno de esos dos países, aún en el caso de adelantar prontamente procesos electorales a los que no están acostumbrados.
El haber acabado con unos gobiernos no necesariamente ha eliminado el modelo que representaban. Hasta ahora siguen gobernando los mismos. Nada de raro tendría que el régimen de reemplazo, en ambos casos, sea apenas una copia del anterior. Porque las condiciones que lo justificaban podrían ser tenidas como fundamento, otra vez, de un gobierno autoritario. El modelo económico sigue funcionando bajo las mismas condiciones consideradas injustas por millones de ciudadanos no sólo hastiados de Mubarak o Ben Alí, sino asfixiados en los términos elementales de la supervivencia familiar. Nadie parece haber planteado esquema alguno que conduzca a algo diferente. Y no se sabe qué pueda pasar con los reflejos de defensa del establecimiento económico.
Las fuerzas armadas todo lo que hicieron fue abstenerse de disparar, a la hora más crítica, contra su propia gente. Actitud loable y también justa y muy sensata, sobre todo si se compara con lo que han sido capaces de hacer las de Libia, que no han tenido vergüenza al matar a sus propios conciudadanos. Pero no se sabe hasta qué punto estén dispuestas a comprometerse con un cambio de modelo que modifique de manera más profunda los parámetros de vida nacional que imperaron durante tres décadas, con ellas como protagonistas.
Para hacer el tránsito hacia algo mejor, que complete para bien el proceso de cambio, es preciso que se proponga un modelo practicable, conforme a las características y a la idiosincrasia de cada país, que signifique tanto el respeto por libertades esenciales, hasta ahora desconocidas, como opciones de bienestar general. Para ello no ha habido, en el ámbito específico de esos dos países, precedentes confiables. Tampoco en el amplio espectro del mundo árabe. Todo está aparentemente por inventar. Por eso esta es la hora de los grandes estrategas. De los buenos conductores. De los visionarios.
Afortunadamente los debates comienzan a aparecer. Y los protagonistas de las grandes discusiones se irán perfilando. Túnez celebraba el domingo la salida del Primer Ministro y la realización de un primer debate abierto sobre el destino del país. Será que lo que más se aproxima a lo requerido es el modelo turco? Hasta dónde se deberán cuidar de alejarse del afgano? Sociedades ambas que no pertenecen al mundo árabe pero sí al musulmán. Será que prospera un modelo parecido al de las democracias occidentales consolidadas, vigentes en sociedades muy distintas de las del norte de África y que alojan un sistema acorde con su trayectoria peculiar?
Respetaría Occidente un gobierno islamista elegido por una transparente expresión de la voluntad popular mayoritaria? O caería de nuevo en la recurrente manía de respaldar dictaduras a las que justifica porque se comprometen con sus intereses, con el argumento de que cumplen funciones de preservación del orden mundial y defienden del avance de otras formas radicales de ver la vida política, sin importar la manera como procedan en cuanto a los derechos de sus ciudadanos.
El camino hacia una democracia a la manera árabe, que sería lo más deseable, será largo y azaroso. Hay enemigos y dificultades profundas. Son muchos los que deben aprender, desde niveles elementales, lo que puede ser la vivencia de una sociedad de ese talante. El proceso tiene, eso sí, una característica novedosa que lo diferencia de todos los demás: al impulso de los jóvenes, los ciudadanos se han apropiado de los más eficaces medios de comunicación de nuestra época y por ese camino han advertido nuevas realidades y concebido nuevas aspiraciones, particularmente en las ciudades. Una estudiante tunecina ha conminado a la dirigencia tradicional del país a que se dedique a aprender sobre democracia y ha advertido que los jóvenes son quienes están empujando y enseñando, motivando y proponiendo. A ese paso, la calle ya cambió. Y eso es fundamental. Falta ver cómo responden los demás.