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La Grecia del NO

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Quienes creen conocer a Grecia porque leyeron algo de los clásicos, escucharon noticias de historia o visitaron las islas en el fragor de un verano, ignoran ingredientes recónditos de la herencia y de la vida contemporánea de un país que en los últimos cuatro mil años ha tenido que ver lo mismo con Occidente que con Oriente y ha sido capaz de sobrevivir catástrofes peores que las de ahora.

El día que Alexis Tsípras llamaba a referendo para que los griegos decidieran si aceptaban o no las medidas propuestas por los acreedores del Estado, se apagaba en Atenas la luz de una griega que pudo dar cuenta del drama de casi todo el último siglo de vida de ese país inmemorial.

Irini Katsouli, después de casada Rena Sotiriadou, nació en el seno de la comunidad griega de Varna, sobre la costa búlgara del Mar Negro, cuando terminaba la Primera Guerra Mundial y se oficiaba el desmonte del Imperio de los Otomanos. Se cerraba aquella época dulce y melancólica de la convivencia de musulmanes, cristianos ortodoxos y judíos, que demostraron por muchos años su capacidad para convivir en paz, aunque con la mirada puesta en un futuro que se anunciaba tormentoso. Creció en una casa graciosa de burgueses hablando griego y búlgaro; turco escuchaba en la calle. Luego aprendería francés para estar a la altura de los refinamientos de su familia, y más tarde inglés para asegurarse un sitio en el mundo que adoptaría ese idioma como lengua franca del Siglo XX.

Pronto llegaron las noticias de la Gran Catástrofe, cuando Eleftherios Venizelos se quedó colgado, gracias a los mismos europeos de siempre, en su intento por reconquistar para Grecia no solo la eterna Constantinopla, convertida en Estambul por los turcos, sino la Anatolia, por donde pasan cada año los reyes magos cuando vienen cargados con regalos para los niños. Por cuenta de los coletazos de las Guerras Balcánicas la llevaron a vivir a Tesalónica. Allí se encontró con los griegos echados al mar a empujones y bayoneta cuando las tropas de Atatürk los obligaron a abandonar Esmirna y Éfeso y tantos sitios donde sus familias habían habitado desde la época del Imperio Romano de Oriente. Entonces descubrió que había quedado con parientes en América, Australia, Suráfrica, y uno que otro extraviado en Europa occidental.

Para la época del asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo, se casó con un emprendedor de procedencia bizantina que se abrió paso en la vida hasta convertirse en fabricante industrial de molinos para procesar el trigo de toda la Macedonia. Pronto terminaría la época febril y feliz entre las dos guerras, cuando los fascistas pidieron que Grecia se rindiera sin sangre y se dejara ocupar y los griegos respondieron sonoramente que NO, y que la sangre era lo de menos. Vino luego la ocupación de los nazis, durante la cual la joven señora aprendió alemán para defenderse y se alió con otras mujeres para esconder, a riesgo de muerte, a mujeres y niños judíos, herederos de la tradición sefardí, y salvarlos de la cacería implacable de los invasores, que de paso destruyeron salvajemente aldeas enteras, se llevaron todo el tesoro del Banco Nacional de Grecia y se hicieron otorgar de los invadidos un préstamo para sostener los costos de su propia humillación.

Le llegaron frescas las noticias de la disputa entre Stalin y Churchill en torno al valor simbólico de Grecia como trofeo histórico y cultural. Conoció las atrocidades de la Guerra Civil que terminó con la derrota de los comunistas, al tiempo que muchos de sus parientes quedaron atrapados en la Europa Oriental, como su prima Andonía, a la que pusieron en Rumania a vivir en el cuarto del servicio de su propio palacete hasta que cumplió setenta y cinco años de edad y tuvo permiso para viajar al exterior. Vivió las incidencias de la Guerra Fría, otra vez en el seno de una sociedad afluente que celebraba como una victoria cada día de libertad, con las monedas de dracma marcadas con figuras de reyes de opereta, los políticos tratando de lucirse en la presentación diaria de su comedia itinerante, los navieros conquistando negocios en todos los mares y cada quien tratando de hallar un lugar mejor en ese mundo medio oriental y medio occidental donde las profesiones aún se heredaban y los jóvenes que deseaban sobresalir en el futuro se iban a estudiar en el exterior.

Más tarde se tuvo que resignar otra vez al oprobio cuando en el sesenta y siete llegó la Junta de los Coroneles, tan folclóricos como despóticos e ignorantes, que a la larga sirvieron para que naciera un compromiso de Estado democrático, que mal que bien, ha sobrevivido hasta hoy. Al comenzar los ochenta pudo celebrar la entrada de Grecia a la Unión Europea y se dedicó a viajar por el mundo como guía de grupos que llevó a conocer decenas de países, donde comía lo mismo en restaurantes refinados que en sitios callejeros sin que jamás le pasara nada, porque hasta su último suspiro nunca sufrió de nada, ni del cuerpo ni del alma, salvo algún hueso roto que se curó gracias a la alimentación del Mar Negro, con la que se crió.

Con estoicismo, a la vez heredado y construido a punta de vivir, soportó el espectáculo del festín de la Grecia despilfarradora y superficial que creyó tocar el cielo con las manos gracias a los beneficios de la Unión Europea, mientras gobernantes “mavroyaluros” , llamados así en memoria de la película que muestra a un político que se hacía pasar por inocente aunque vivía rodeado de corruptos, les mentían a propios y extraños. Hasta que provocaron el primer bombardeo del Siglo XXI, más sutil pero no menos dañino que los de aviones de guerra, representado en las condiciones que los acreedores indolentes le han impuesto con sevicia a su país en nombre de la salvación.

Como griega de verdad, nunca dejó de sonreír, ni de hablar duro, ni de salir de casa, ni de reunirse con sus amigas, ni de ir a las tabernas, ni de cocinar para sus parientes, ni de viajar a las islas, ni de frecuentar las fuentes termales, ni de ser escéptica hacia los políticos, ni de navegar, ni de meterse en el mar. Jamás pensó, ni dijo, ni predijo, que Grecia se iría a hundir. Sabía muy bien que los griegos son osados hasta el extremo de decir que NO, sin arrugarse, contra toda lógica convencional y ante cualquier poderoso. Que prefieren pasar los días comiendo yerbas con tal de preservar su sentido del decoro. Que cuando los extranjeros se van cada año luego de la temporada de verano se quedan allí, contando la plata que les quedó, lamentándose de los malos gobiernos, comiendo bien para envidia de los austeros y los hipócritas e inventando cada uno su propia versión del invierno, siempre con el ánimo de sobrevivir, así sea en medio de lamentos que son solo parte de una forma de ser que no puede traicionar a ninguno de los dramaturgos de la antigüedad. Hasta que el sol vuelve a calentar, el cielo se pone todo el tiempo azul y regresan los que quieren respirar ese aire encantado de libertad que emana del mar y de todas partes y anima a seguir en la navegación.

La de Rena y su familia es una historia parecida a la de millones de griegos, para quienes el mundo entero es escenario válido de vida y para quienes los árabes, los persas, los italianos, los rusos y los eslavos del sur y los mismos turcos tienen caras familiares. En cuanto hace a los demás seres del planeta, les extienden con facilidad un trato democrático del que a veces no son siquiera conscientes, que viene de lo más profundo, porque además de la herencia de la democracia política recibieron el legado de un talante de esa época arcaica en la que los dioses habitaban la tierra y los hombres tenían la oportunidad de hacer valer ante las divinidades su propia condición.

Esa es la Grecia que desconocen y no pueden comprender los nórdicos discretos y laboriosos que se esconden en sus casas temprano, cenan a las seis de la tarde, se reproducen en silencio, laboran con los minutos contados como los centavos que tienen en el banco y ahorran para ir a pasar cada año ocho días de gloria, viviendo por un instante como los griegos de hoy y de siempre. Mientras Rena descansa en paz.  

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