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La hora de los maestros

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Terminado el paro, los maestros deberían tomar la iniciativa y ser los protagonistas del progreso de la educación.

Cada vez que concluye un paro nacional, el país les vuelve otra vez la espalda a sus maestros y los deja confinados en las aulas para que hagan lo que puedan, en medio del olvido y del desinterés. Hasta que vuelve a sonar la trompeta de la movilización porque otra vez dejaron de cumplirles o porque el sueldo no les alcanza para vivir. Entonces el ministro de turno se ve obligado a responder por problemas históricos que no causó y debe hacer acopio de razones para buscar el retorno a una normalidad que por uno u otro motivo sigue siendo precaria. A veces amenazan laboralmente al magisterio con sanciones imposibles de cumplir, para terminar sentados con ellos en una negociación a la que se ven obligados como cuota de sacrificio por la causa que justamente les une a los maestros. Bien que mal llegan a un acuerdo, y vuelve y juega.

Como acabamos de salir de un paro nacional, sostenido y unánime, que se arregló gracias a la buena voluntad de ambas partes, estamos otra vez en el partidor. Deberíamos entonces impedir que se vuelva a editar ese ciclo inexcusable que no permite que avancemos como deberíamos avanzar. Lo ideal sería que hubiese un gran acuerdo educativo nacional, como uno de los ya largamente reclamados acuerdos sobre lo fundamental. Pero como ello es dispendioso y no se va a lograr súbitamente, los maestros deberían tomar por su cuenta la iniciativa en el intento de elevar el nivel de la educación. Deberían hacer públicas sus reflexiones y sus propuestas. Deberían contar sus propósitos y animar a partir de todo ello un amplio debate nacional. Tienen todo el derecho y hasta la obligación de hacerlo, ya que se dedican al oficio y no hay otras propuestas visibles en el escenario.

En un país en donde el proyecto educativo no ha pasado de anuncios genéricos en los que todos estamos de acuerdo, no hay nada históricamente más pasajero que una administración. Tampoco hay nada más permanente que los maestros, que gozan de una estabilidad excepcional y se acostumbran a ver llegar y partir administradores de la educación. Ya sabemos que, salvo excepciones, el Ministerio ha sido tradicionalmente uno de los menos apetecidos por los ilustres “ministeriables”, y que a la hora de organizar el gabinete solía ser de los últimos en repartir. También sabemos que con frecuencia la designación parecería ser el resultado de una cuota regional, para no hacer otras cuentas.

Por fortuna, a los maestros se les ha dicho recientemente de parte del gobierno que son fundamentales y que su dignidad debe ser reconocida. Eso está bien y hay que creerlo, porque en todo caso es cierto, aunque falta ver en qué se traduce, más allá del tratamiento laboral. También se les ha dicho, cosa sabida y verdad de a puño, que el pago de sus sueldos es una inversión social. Pero en la medida que seguimos pendientes, después de cinco años, de conocer completos el contenido y los alcances de la gran propuesta educativa que se ha anunciado, el momento es propicio para aprovechar la buena voluntad genérica del gobierno, que ha escogido la educación como uno de los tres elementos de su lema, a la altura de la paz.

Como los maestros habitan literalmente en lo más profundo de nuestra sociedad, no solamente conocen sino que son animadores de los sentimientos más hondos de la nación. Tienen millones de niños a su alcance en las aulas escolares, ávidos de saber cosas elementales y también nuevas y fantásticas, de descubrir secretos, de auscultar su propio ser en busca de aquello para lo que puedan servir y con lo que se puedan realizar. Por eso cuentan con la oportunidad diaria de descubrir y orientar formas de ver el mundo en sus más variadas dimensiones. Tienen en sus manos las llaves que abren las puertas de acceso a la ciencia, a la tecnología, a la capacidad de inventar y de interpretar. Esa es una cuota de poder y de responsabilidad que constituye un privilegio cuyo ejercicio incide de manera importante en el destino del país. Si guardan silencio en este momento crucial, si no se movilizan en el terreno de la creatividad, si no se ponen al día en el avance de las formas de ejercer su oficio, si no miran más allá de nuestras fronteras, y si no entran en un debate abierto con el ánimo de conseguir los propósitos educativos que transformen a nuestra sociedad y la lancen con seguridad hacia el futuro, estarán perdiendo una oportunidad y será muy difícil desterrar de una vez por todas el estigma de los funcionarios que hacen su oficio sin el entusiasmo que exige la educación, como campo sin más límites que los de la imaginación.

Protos agonistís, protagonista, es el primer luchador. Eso es lo que por naturaleza debe ser cada maestro a la hora de darle forma efectiva a los propósitos de la educación. En el ejercicio cabal de ese protagonismo está la semilla de la capacidad que tengamos para hacer que la paz llegue hasta lo más profundo de la nación y para ubicarnos en la línea de un progreso que no debe consistir solamente en hacer mejores negocios sino en tener una sociedad creativa, interesada en la ciencia, las artes y la tecnología, pero sobre todo una sociedad de mayor calidad humana, atenta a su propio destino, más universal y menos dependiente. Ahí está el reto que queda en manos de los maestros y de quienes los respetamos y los valoramos por lo que son y por lo que significan para este país.  

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